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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 376

Hace poco, cuando el señor Vargas estuvo en la Ciudad del Norte, le preguntaba constantemente por Elena. Ese nivel de atención ya rebasaba por mucho el interés normal de un jefe hacia una empleada.

Al darse cuenta de eso, sintió que tal vez acababa de interrumpir su momento a solas.

El señor Herrera llevaba tantos años en ese puesto que sabía perfectamente cómo moverse: cuando el jefe marcaba el paso, lo demás podía esperar.

Para ir al grano, le dijo:

—Vine principalmente para consultarle sobre la solicitud de presupuesto del próximo trimestre, señor Vargas. Si me la firma de una vez, puedo pasarla directo a finanzas.

Dicho esto, le entregó el documento.

Alejandro lo abrió, le dio un vistazo rápido, firmó al final de la página y se lo devolvió.

—¿Necesitaba algo más, señor Herrera?

El señor Herrera no esperaba que le aprobaran el presupuesto tan fácil; juraba que le iban a recortar al menos una parte.

Sonrió de oreja a oreja.

—No, ya es todo. Me retiro a seguir trabajando.

Salió de la oficina, no sin antes cerrar la puerta con cuidado.

Alejandro miró a Elena. Al notar que ella parecía un poco tensa, sonrió, sacó un documento y le planteó un par de preguntas profesionales.

Al concentrarse en el trabajo, Elena se olvidó poco a poco del pequeño incidente en el elevador.

Para ayudarlo a entender mejor su explicación, tomó una pluma y anotó unas observaciones al margen de las hojas.

La mirada de Alejandro se desvió lentamente del papel hacia el rostro de ella.

Elena estaba tan concentrada respondiendo que ni siquiera notó cómo la observaba.

Cuando terminó de explicar, él ya había apartado la vista.

—¿Tiene alguna otra duda, señor Vargas? —preguntó con expresión seria, dejando la pluma en la mesa.

Alejandro asintió.

—No. Vamos a comer juntos este mediodía.

Elena se quedó sorprendida y luego respondió un poco apenada:

—Hoy tengo muchísimo trabajo, pensaba comer algo rápido en la cafetería. Me temo que tendré que rechazar su invitación.

Alejandro entendió el mensaje entre líneas. Aunque ya se habían confesado lo que sentían, ella todavía no estaba lista para hacer pública su relación.

Él decidió respetarla.

—Entiendo. Puedes regresar a tus labores.

Elena asintió y salió de la oficina.

De vuelta en su escritorio, se puso a sacar sus pendientes.

La expresión de Alejandro era tan inescrutable como siempre, pero cuando su mirada se cruzó con la de ella, se detuvo una fracción de segundo extra.

Elena apretó los labios instintivamente, sintiendo de nuevo esos nervios inexplicables.

El señor Olmedo, que estaba al lado de Alejandro, se dirigió a Elena con mucha confianza:

—¡Qué coincidencia! Justo le estaba comentando al señor Vargas sobre el concurso de diseño en ingeniería farmacéutica. Como eres una de las juezas, ven a sentarte con nosotros, así platicamos mientras comemos.

Elena solo quería saludar por educación y buscarse otra mesa con Emiliano.

Pero, tras esa invitación directa, no le quedó más remedio que sentarse con ellos.

Emiliano, que era bastante tímido y odiaba convivir con los jefes, se sirvió su comida y salió huyendo de ahí.

Elena se quedó sola en la mesa con todos los directivos.

Por azares del destino, o quizá no, terminó sentada exactamente frente a Alejandro.

Como ver a los ojos a Alejandro la ponía nerviosa, decidió ignorarlo y se enfocó en hablar de trabajo con el señor Olmedo.

Alejandro terminó su comida y dejó los cubiertos. Al notar que Elena apenas había dado un par de bocados, interrumpió la plática de golpe y se dirigió a Olmedo:

—Revisé el reporte de marketing del trimestre pasado. La tasa de recompra cayó un dos por ciento y la satisfacción del cliente bajó un tres por ciento. ¿Qué plan de acción tienen para corregir esto?

El señor Olmedo se quedó helado, sin esperar un interrogatorio en pleno almuerzo.

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