Verónica se quedó boquiabierta:
—¿Neta gana tanto?
La verdad, ganar tanto dinero solo por talento y capacidad, sin depender de la familia ni de palancas, sí era digno de admiración.
Como Mina no tenía una preparación tan brillante, había entrado al instituto gracias a las influencias de la familia Castillo.
Era una simple asistente y su sueldo apenas raspaba los ocho mil pesos al mes.
Por eso Verónica creía que los sueldos en ese lugar estaban por los suelos, pero ahora sí que le acababan de abrir los ojos.
De pronto, le surgió otra duda:
—¿No me habías dicho que Elena trabajaba en el laboratorio de Fernando? ¿Entonces ella también gana las perlas de la virgen?
Aunque Mina sabía perfectamente que Elena incluso había ido a dar clases al instituto, su envidia no le permitía reconocer el talento de la otra.
Así que la ninguneó con desdén:
—Ay, ella entró por puros contactos, te apuesto lo que quieras a que no le pagan la gran cosa.
Al escuchar eso, Verónica se sintió mucho más tranquila.
—Jaja, a lo mejor hasta le toca pagar por trabajar ahí. Ya ves que ahorita hay muchas «niñas bien» que se meten a esos lugares nada más para pescar a un tipo rico. Seguro Elena anda en ese plan. Qué ofrecedora.
Mina, que no quería dejar escapar a Enzo, se acercó a saludarlos.
—¡Adriel! ¡Enzo! Qué casualidad, ¿ustedes también andan por aquí?
Adriel contestó amigablemente:
—El director Medina dice que, además de estar metidos en el laboratorio, tenemos que hacer ejercicio, así que nos tramitó membresías a varios de nosotros. Como hoy no tuvimos que hacer horas extra, nos venimos a dar una vuelta.
Enzo apenas le dio un asentimiento a Mina a modo de saludo y no volvió a abrir la boca.
Enzo sentía que, mientras aún tuviera una oportunidad con Elena, debía comportarse a la altura y mantener distancia de las demás mujeres.
Mina sugirió con una sonrisa:
—Pues ya que estamos aquí, ¿por qué no patinamos juntos? ¡Y al rato comemos todos juntos!
Desde que Adriel había ascendido a líder, había dejado de ser el típico nerd asocial y solitario; ahora se le daba mucho mejor convivir con los colegas, por lo que aceptó gustoso.
A la hora de la comida, Mina jaló a su hermana y se fueron junto con Adriel y Enzo al restaurante de la planta baja.
Enzo era más de comida casera y no le llamaban la atención los cortes de carne ni las ensaladas extravagantes del lugar, así que se fue a otro mostrador a pedirse un buen plato de caldo de res.
Normalmente, cuando Mina venía a este lugar, se pedía platillos súper elegantes, les tomaba mil fotos y las subía a Instagram para presumir su vida lujosa.
Pero al ver que Enzo se iba por el caldo, se fue corriendo tras él.
Enzo le dijo al muchacho del mostrador:
—Deme el plato grande, y póngale doble porción de carne, por favor.
Mina se pidió una porción chica de lo mismo.
Los dos se quedaron esperando en la barra. No importaba qué tema sacara Mina, Enzo solo asentía o negaba con la cabeza para darle por su lado.
Mina asumió que el muchacho era tímido y no sabía socializar, así que no le dio más importancia.
Por dentro, hasta le enternecía lo ingenuo que le parecía. Estaba convencida de que, con un poco más de insistencia, terminaría cayendo solito.
Por su parte, Elena, Alejandro y Ariadna terminaron cansados de tanto patinar y bajaron al restaurante a comer.

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