—Elena —dijo Enzo al ver que había lugares vacíos—. ¿Me puedo sentar aquí?
Elena asintió.
Adriel también los vio y se acercó a saludar.
Al notar a Ariadna, Enzo le preguntó con un tono muy suave:
—Cuánto tiempo sin verte, Ariadna. ¿Se te antoja un pastelito? Voy por uno para ti.
La niña asintió con obediencia.
—Sí, gracias.
Mina, al ver a Enzo inusualmente entusiasta, se molestó bastante.
Enzo regresó con dos pastelitos y un plato de ensalada. Los pasteles eran para Elena y Ariadna; la ensalada, para él.
—¿No decías que odiabas comer pura comida de dieta? —bromeó Adriel.
—Comer verduras es bueno para la salud —respondió Enzo con tono diplomático.
Mientras comía su sopa de fideos, sentía que no lograba encajar del todo con Elena y Ariadna. Pensó que si también comía una ensalada, tal vez se sentiría un poco más cercano a Elena.
Ariadna miraba a Mina con algo de miedo, por lo que comía con timidez.
Alejandro se dio cuenta de la incomodidad de la niña. Lanzó una mirada hacia Mina y Verónica, quienes también estaban a punto de sentarse, y les dijo con frialdad:
—Ya no cabemos aquí. Vayan a la mesa de al lado.
Ambas se quedaron heladas. Aunque estaban llenas de resentimiento, la imponente presencia de Alejandro las intimidó tanto que no tuvieron más remedio que obedecer.
Mina albergaba la esperanza de que Enzo abogara por ella o de que la siguiera. Para su sorpresa, él pasó todo el tiempo concentrado en platicar con Elena y Ariadna, ignorándola por completo.
Una vez sentadas, Verónica le susurró:
—Oye, ¿crees que ese tal Enzo tiene onda con Elena?
—¡Cómo crees! —exclamó Mina, indignada.
Después de todo, Mina estaba convencida de que Elena ya cargaba con demasiada historia como para interesarle a alguien como Enzo. ¿Qué le veía Enzo? Tampoco creía que al director Vargas le gustara; de seguro solo comía con ella por compromiso laboral con el profesor Álvarez.

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