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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 393

Elena se quedó atónita, mirándolo sin comprender. ¡La enferma era ella! ¿Por qué demonios estaba enojado él?

Al ver que ella no entendía absolutamente nada, Alejandro fue directo al grano:

—Elena, ¿por qué no me avisaste desde el primer momento en que te sentiste mal?

—Porque era solo una fiebre, no una enfermedad terminal. Con unas pastillas y un rato de descanso iba a estar como nueva...

—Elena, ¿qué se supone que somos? —preguntó Alejandro, herido de verdad—. ¿Por qué lo último que se te ocurre es recurrir a mí? ¿Tan lejos me tienes todavía?

—¡No, claro que no! —se apresuró a explicar ella—. Es solo que sentí que era un problema minúsculo y no quería darte lata.

—¿Y por qué no puedes darme lata? ¿No se supone que ya estamos juntos? ¿Por qué tienes que poner siempre esta barrera entre nosotros?

Su insistencia en el tema comenzó a agotar a Elena. Rindiéndose ante la discusión, suspiró:

—Ya entendí. A la próxima que me enferme, serás el primero en enterarte. Prometido.

Para Alejandro, eso sonó a una promesa dicha solo para salir del paso.

Siguió con una actitud fría y reservada el resto del día. Aparte de recordarle sus horarios de comida y medicinas, prácticamente no cruzaron palabra.

Elena tampoco supo cómo romper el hielo, así que optó por el silencio.

En el fondo se preguntaba si su intención era aplicarle la ley del hielo.

Desde su punto de vista, todo aquello era una verdadera exageración por algo tan irrelevante.

Al día siguiente, ya completamente recuperada, se reincorporó a sus labores en el Grupo Vargas. Durante la hora de la comida, le mandó un mensaje a Isabel contándole lo sucedido.

—[¿Me explicas de qué se enoja? Yo lo hice por consideración, para no atravesarme en sus negocios.]

Isabel, por el contrario, pensó que Alejandro era un hombre excepcional.

—[Lo que pasa es que se preocupó muchísimo. Saber que estabas mal y aguantándote sola lo sacó de sus casillas porque le importas de verdad. Ya que viste que el tema es tan sensible para él, a la otra nomás avísale.]

Como la maestra no lograba hacerla salir, contactó a Elena.

Ella recordó de inmediato que su tía le había comentado que entraría a una serie de cirugías complicadas y que probablemente estaría incomunicada.

La angustia le cayó de golpe. No había forma humana de que regresara a Ciudad del Río a tiempo.

Sin otra alternativa, le marcó a Alejandro para rogarle que enviara a alguno de sus asistentes a revisar a la niña, prometiéndole que ella misma iría en cuanto pudiera.

Alejandro, que estaba en plena junta directiva, escuchó su ruego y le respondió con voz profunda:

—No te agobies, yo voy para la escuela en este momento. La seguridad en San Verano anda muy mal y no me gusta la idea de que regreses sola a esta hora. Quédate hasta que termine el evento y te regresas junto con el director Herrera.

Elena se quedó sin palabras. Sabía perfectamente que la agenda de él era mil veces más apretada que la suya, y aun así, no dudó un segundo en frenar todo su trabajo por Ariadna. En ese instante, la culpa le apretó el pecho.

Alejandro realmente se preocupaba por ella mucho más de lo que jamás imaginó.

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