Ahora entendía perfectamente por qué su actitud distante y fría lo había ofendido tanto.
Alejandro llegó al colegio.
—Ve a hablar con el director y con el maestro de educación física para que te expliquen qué diablos pasó —le ordenó a Nerea—. Yo me encargo de buscar a Ariadna.
Nerea asintió. Antes de irse, sacó unas galletas y dulces de su bolso y se los entregó.
—Director Vargas, la niña debe de estar muy asustada. Con unos dulcecitos va a ser más fácil contentarla.
Él le agradeció el gesto y los tomó. A Nerea le costaba imaginar a su estricto jefe en el papel de consolar a una niña de primaria. Sin embargo, el hecho de que estuviera dispuesto a llegar a esos extremos por la sobrina de la señorita Navarro le confirmaba que su amor por ella era genuino.
Alejandro se paró frente a la puerta del cuarto de intendencia y tocó suavemente.
—Ariadna, soy señor Vargas. ¿Me dejas entrar?
No hubo respuesta. Él se quedó parado allí, esperando con paciencia.
Poco después, la puerta se abrió despacio y apareció una niña con los ojos hinchados de tanto llorar. Aun así, hizo un esfuerzo por mantenerse entera y lo miró de frente.
—Yo no soy una niña mala, señor Vargas. ¿Me crees?
Al verla así, a Alejandro le fue imposible no pensar en cómo habría sido Elena de niña. ¿Acaso ella, que también creció sin sus padres, solía esconderse en los rincones a llorar sola?
—Claro que te creo —le respondió con calidez—. ¿Quieres contarme qué pasó?
Ariadna asintió y se hizo a un lado para dejarlo pasar. Luego caminó arrastrando una pierna hasta una silla y se sentó, con la mirada clavada en el piso.
Alejandro frunció el ceño.
—¿Estás lastimada? ¿Por qué no le avisaste a tu familia? Ahorita mismo te llevo al doctor.
La niña se secó los ojos con el dorso de la mano.
—El mes pasado, en la clase de deportes, me tocó jugar basquetbol con unos compañeros. Me empezaron a aventar los balones para burlarse de mí, así que fingí que me dolía el pie para no tener que jugar. Alguien fue de chismoso y el maestro me puso una regañada horrible. Pero hoy sí me torcí el pie de verdad y el maestro no me creyó. Me obligó a jugar a la fuerza y me dolía tanto que no podía ni caminar... por eso me vine a esconder aquí.
A Alejandro se le mezclaron la ternura y la rabia en el gesto.
—¿Y por qué no le llamaste a nadie de tu familia?



VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico