Aunque Adriana ya tenía una panza de embarazo muy grande, seguía vistiéndose con un estilo joven y a la moda.
Sin embargo, al ver que Elena había salido con la cara lavada y aun así se veía espectacular, sintió que el orgullo se le iba al piso.
Levantó una ceja hacia Elena y sonrió con arrogancia:
—¿No te lo esperabas, verdad? Diego todavía se preocupa mucho por mí. Esta vez que regresé de Ciudad Marazul, fue él mismo a recogerme.
A Elena le pareció que esa actitud era igual a la de las villanas de telenovela peleando por un hombre.
De verdad no entendía cómo podía soportar las infidelidades de Diego.
Elena torció la boca con desdén:
—No me interesa meterme en los chismes de tu familia. Pero, te recuerdo una cosa: cuando nazca tu bebé, ¡acuérdate de hacer esa transmisión en vivo para disculparte! El Grupo Vargas y yo no hemos olvidado esa deuda.
Al pensar en la disculpa pública, Adriana casi se infarta del coraje.
Elena no quería que Ariadna siguiera escuchando las tonterías de esa mujer, así que la tomó del brazo y se la llevó en dirección contraria.
Después de alejarse bastante, Ariadna preguntó:
—Prima, esa es la mujer con la que te engañó Diego, ¿verdad?
Elena no se esperaba que Ariadna también supiera sobre eso.
Ariadna comentó, algo molesta:
—Yo los vi dándose un beso antes.
Elena le acarició la cabeza y le dijo con ternura:
—Ariadna, yo ya me separé de él hace tiempo, no te preocupes por eso. Tampoco guardes rencor por lo que me pasó a mí, esos son problemas entre él y yo, a ti no te afectan.
La verdad, le daba miedo que el fracaso de su matrimonio y el de su tía terminaran arruinando la perspectiva que Ariadna tenía sobre el amor.
No quería que la niña creciera odiando a los hombres o pensando que todos eran iguales.
La culpa era de esos patanes, no de todos los hombres.
En este mundo todavía había hombres responsables y comprometidos, como Alejandro.
De pronto, se quedó pasmada. Al pensar en un buen hombre, inconscientemente le había venido a la mente Alejandro.
Ariadna asintió.
—Lo entiendo. Es solo que me da coraje que te hayan hecho cosas malas.
—Yo ya soy adulta y puedo arreglar mis propios problemas. Bueno, ¿se te antoja un helado?
Como buena niña, Ariadna olvidó el asunto de inmediato ante la mención del helado.
Justo cuando salieron con los helados, llegó el coche de Alejandro.
Alejandro se bajó y, al notar que Elena tenía el helado en la mano pero no le daba ninguna mordida, le preguntó:
—¿No te lo vas a comer?


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