Diego también pensaba que esa decisión había sido demasiado impulsiva, pero al ver a Lucía tratándolo así, se ofendió.
—Lucía, yo solo quería lo mejor para la empresa. Además, ¡yo qué iba a saber que el Grupo Vargas nos jugaría tan sucio!
Lucía soltó una risa sarcástica:
—Esa fue idea de Adriana, ¿verdad? Diego, de verdad que te dejas manipular muy fácil. ¡Te he dicho mil veces que no dejes que esa mujer se meta en los asuntos de la empresa! ¡Es una idiota!
Como últimamente Adriana se había portado tan linda y cariñosa con él, y además había estado ayudando mucho con el desarrollo de la empresa, Diego no pudo evitar defenderla.
—No hables así de Adriana, ¡todo lo hace por el bien de la empresa, no tiene malas intenciones!
Lucía se quedó muda de rabia, hundida en el sillón y haciendo un esfuerzo por contenerse.
—Ve a hablar con Alejandro. Pídele que baje la guardia y nos suelte un poco. Ellos tampoco le ganan mucho a ese medicamento, si nos están atacando es solo por fregar al Grupo Romero. Ve y ofrécele una buena disculpa para que olvide el problema que hubo entre nosotros. Si no lo haces, el futuro del Grupo Romero se pondrá muy feo.
Diego, orgulloso como siempre, se quejó de mal humor:
—Lucía, ya se me ocurrirá cómo arreglarlo. No a fuerza tengo que ir a pedirle perdón a Alejandro.
A Lucía ya no le daban las fuerzas para seguir peleando y simplemente le hizo una seña con la mano para que se fuera:
—Haz lo que quieras. Pero te lo advierto, esto no es un jueguito, y ya nadie va a poder sacarte de esta.
Al final, ni el Grupo Romero ni el Grupo Valiente aguantaron la estrategia de marketing del Grupo Vargas.
Diego no quiso escuchar a Lucía, pero no tuvo de otra más que hacerle caso al director de los Valiente, Hugo.
Hugo invitó a comer a Alejandro, y este aceptó.
Nada más de imaginarse pidiéndole perdón a Alejandro en esa comida, a Diego se le revolvía el orgullo, pero por la empresa no tuvo más remedio que aguantarse.
***
El jueves por la noche, cuando Elena estaba a punto de salir del trabajo, el director Herrera pasó a buscarla a su oficina.
—El director Olmedo quiere hablar con nosotros. Da la casualidad de que Alejandro también estará ahí, así que vamos a cenar con ellos y platicamos de paso.
Al ver que era un asunto de trabajo, Elena no pudo negarse y se fue con él.
El restaurante quedaba cerca de la empresa, apenas caminaron unos cinco o seis minutos y ya estaban ahí.
Al entrar al privado, se dio cuenta de que no solo estaba el director Olmedo, sino también el director de ventas del primer departamento, el señor Vallejo.

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