—A mi edad y con mis achaques, ¿y todavía quieres esclavizar a esta pobre vieja? —se quejó la abuela Navarro, fingiendo indignación.
—Es para que no te quedes en casa dándole vueltas a la cabeza —bromeó Carmen—. Ya no tienes que preocuparte por Elena. Mírala, con esa figura envidiable, tan hermosa, con un buen puesto y ganando tan bien. Le van a llover los pretendientes. Cualquier hombre que esté con nuestra Elena se saca la lotería. Diego no supo valorarla, ya le tocará llorar lágrimas de sangre.
Aunque la abuela seguía un poco molesta, tuvo que admitir que su hija tenía razón. Elena y Diego nunca firmaron un acta de matrimonio real, así que técnicamente no era un divorcio, solo una ruptura. Al no cargar con el estigma de ser divorciada, no le faltarían buenas oportunidades.
Suspiró, dándose por vencida. Dejaría que las cosas siguieran su curso natural.
***
Al llegar a su departamento, Elena se dio una ducha relajante.
Al salir del baño, su teléfono vibró con un mensaje de Alejandro: Termino una reunión virtual y voy para allá.
Ella respondió con un rápido «De acuerdo» y fue a la cocina a prepararse leche caliente.
Mientras bebía tranquilamente, abrió Instagram. De pronto, una publicación de una excolega cercana a Adriana llamó su atención.
Adriana había dado a luz la noche anterior a un niño prematuro de poco más de dos kilos.
Madre e hijo estaban fuera de peligro.
Tiempo atrás, una noticia así habría desatado una tormenta de resentimiento en su interior.
Ahora, en cambio, se sentía muy tranquila.
Seguramente los Romero, y en especial Diego, estarían celebrando por todo lo alto.
Adriana había conseguido exactamente lo que quería.
Sin darle más importancia, Elena cerró la aplicación.
Abrió su computadora portátil para revisar unos documentos de trabajo.
Una hora después, llegó Alejandro.
Ya se había duchado y llevaba un conjunto de ropa de estar en casa de color negro.
El escote revelaba las líneas perfectamente definidas de sus músculos.
A Elena le fascinaba tanto su rostro como su físico.
Pensaba que, al igual que los hombres, las mujeres también podían ser cautivadas por el atractivo visual.
A veces, cuando se dejaba llevar por los besos de Alejandro, se preguntaba: si él no fuera quien manda en la familia Vargas y solo fuera un hombre común, un asalariado cualquiera, ¿seguiría queriendo estar con él?
La respuesta era un rotundo sí.
Solo por esa sonrisa, su físico envidiable y su caballerosidad, lo habría elegido sin dudar.
Alejandro le besó los labios, pero notó que estaba distraída. Le mordió suavemente el labio inferior con una sonrisa.
—¿En qué piensas?
Por suerte, su hijo nació a salvo.
Pero ella quedó tan débil que ni siquiera podía moverse.
La experiencia la había dejado traumatizada; juró que jamás volvería a pasar por un embarazo.
Diego, en ese momento, estaba de viaje de negocios en otra ciudad.
Valentina seguía pudriéndose en la cárcel.
Los Romero habían llegado, tomado al bebé en brazos y se habían marchado, sin que nadie se molestara en cuidarla.
En la lúgubre habitación, Adriana solo contaba con la compañía de una niñera que roncaba en un rincón. Su corazón ardía en frustración.
La escena que tanto había fantaseado, donde los Romero la tratarían como a una reina por haberles dado un heredero varón, nunca ocurrió.
Se sentía como un trapo sucio, usado y arrojado a la basura. Pasó la noche en vela, sola en la cama, hasta que amaneció.
A la mañana siguiente, Diego finalmente llegó al hospital.
Primero fue a ver al recién nacido y luego entró a la habitación con el bebé en brazos, con mucho cuidado, para ver a Adriana.
El rostro de Adriana estaba tan demacrado y pálido que daba lástima.
Diego jamás la había visto en un estado tan deplorable, y casi no la reconoció.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico
Es una novela que vives en cada fibra, te sientes que formas parte de ella ya que las emociones están al mil, me encanta mucho....