Diego le acercó al niño para que lo viera y le habló del nombre de manera directa:
—Creo que lo mejor es hacerle caso a mi madre. Se llamará Simón Romero, y de cariño le diremos Maxi, para que en el futuro nos traiga más hermanitos.
Al notar que él ni siquiera le preguntaba cómo se sentía, y que además le arrebataba el derecho de elegir el apodo de su propio hijo, Adriana sintió un nudo en la garganta. Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas.
Diego, asumiendo que era un simple desborde de hormonas posparto, no le dio importancia y añadió:
—En un rato te llevaré a un centro de recuperación postparto exclusivo. Mi madre dijo que ella se encargará del bebé, así que tú solo preocúpate por descansar allá. Tengo que volver a salir de viaje de negocios por quince días. Cuando regrese, te dedicaré todo mi tiempo.
Adriana no soportó más. Con la voz temblorosa y débil, le reclamó:
—¿No me habías prometido que te quedarías un mes entero a cuidarme?
Diego frunció el ceño.
—Adriana, tienes que ser razonable. Hay demasiados problemas en la empresa, ¿cómo voy a abandonar todo para tomarme unas vacaciones? Además, vas a tener a mucha gente atendiéndote a ti y al bebé, ¿no es suficiente?
Recién dada a luz, enviada a una clínica de maternidad sola, ignorada por su esposo y separada de su hijo por su suegra...
Adriana sentía que estaba a punto de enloquecer.
Pero antes de que pudiera abrir la boca de nuevo, el bebé rompió a llorar.
—Pobrecito, ¿tendrá hambre? —murmuró Diego con preocupación. Sin dudarlo, dio media vuelta y salió de la habitación con el niño.
A Adriana se le cortó la respiración del coraje. Sintió que escupiría sangre en cualquier momento.
Tras entregarle el bebé a la niñera, Diego regresó para darle las últimas indicaciones a Adriana.
—Primero te llevaré al centro de recuperación posparto, luego dejaré al niño en casa de mi madre y después me iré de viaje de negocios. Si te aburres durante tu reposo, puedes invitar a tu mejor amiga para que te haga compañía. Y por favor, olvídate del trabajo este mes. Solo concéntrate en descansar.
Se inclinó y le dejó un beso rápido en la frente.
—Gracias por tu esfuerzo, Adriana. Me has dado un hijo varón, estoy muy feliz.
Al escuchar esa pequeña muestra de afecto, Adriana no aguantó más y desahogó todo su resentimiento.
—Diego, la razón por la que terminé en el hospital de urgencia fue porque Lucía fue a la casa a insultarme y me alteró muchísimo. ¿Acaso no vas a decirle nada a ella para defenderme?
Durante su embarazo, Lucía ya había tenido el descaro de gritarle en la cara.
Ahora que había parido al heredero, ¿acaso esa mujer seguiría pisoteándola?

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