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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 428

Un grupo de amigos, al enterarse de que estaba solo, fue a hacerle compañía y tomar unos tragos. Entre copas, la conversación derivó en las clásicas quejas sobre el matrimonio y la familia.

—Casarse es lo peor que hay —comentó uno de ellos, arrastrando las palabras—. Las mujeres y los niños siempre exigen que pases tiempo con ellos. ¡Pero tenemos demasiado trabajo! ¿De dónde diablos vamos a sacar tiempo?

Otro le dio un sorbo a su trago y asintió.

—Lo más molesto es que, después de dar a luz, las mujeres pierden esa figura envidiable, les queda la barriga llena de marcas y flácida... la verdad, a uno hasta se le quitan las ganas en la cama.

Diego escuchaba en silencio. Al recordar el aspecto demacrado y pálido de Adriana justo después del parto, una repentina y extraña punzada de repulsión se instaló en su estómago.

Alguien le sirvió más alcohol y le dio una palmada en el hombro, riendo.

—La verdad, todos aquí te envidiamos, hermano. Tienes a una en casa y a otra afuera. Aunque Elena no pueda darte herederos, siempre conservará esa piel de porcelana y esa belleza deslumbrante. Tenerla como tu muñequita de lujo no está nada mal.

Un calor furioso subió por la garganta de Diego. Sin previo aviso, apartó su copa de un golpe y le dio una patada por debajo de la mesa al tipo que acababa de hablar.

—¡Lárguense todos de aquí! ¡Quién les dio derecho a hablar así de mi esposa!

Los demás, asustados, pensaron que se refería a Adriana. Para no buscarse problemas con el director Romero, se disculparon atropelladamente y salieron huyendo del apartamento.

El lugar quedó sumido en el silencio.

Diego se dejó caer en el sofá y, lentamente, el alcohol lo arrastró al sueño.

Soñó con el día en que le declaró su amor a Elena y ella aceptó. Recordó cómo le tomó las manos, rebosante de felicidad, jurando no soltarla jamás. Pero de pronto, en el sueño, el rostro de Elena se volvió frío e implacable:

«Diego, si alguna vez me traicionas, me iré para siempre y nunca, nunca te perdonaré».

Cuando despertó, su cabeza martilleaba con una resaca infernal. Estaba tirado en el mismo sofá. Llamó a su asistente para que le llevara medicamentos y se arrastró hasta el baño.

Después de tomarse las pastillas, se preparó para ir a la oficina.

En el trayecto, su teléfono sonó. Era Adriana.

—Diego... tu mamá no me deja ver al bebé —dijo con la voz quebrada y lastimera. Había regresado ese mismo día de la clínica de recuperación posparto, y lo único que quería era cargar a su hijo, pero Beatriz le había ordenado que volviera a su cuarto a descansar, argumentando que la niñera especializada se encargaría de todo.

El verdadero temor de Adriana era que Beatriz acaparara al niño y que, al crecer, este no sintiera ningún apego por ella.

Si perdía el control sobre su propio hijo, ¿cómo lograría consolidar su poder en la familia Romero? Su plan maestro siempre había sido utilizar al heredero para adueñarse de la empresa.

Con la cabeza aún palpitando de dolor, Diego respondió sin ocultar su fastidio:

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