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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 429

Al escuchar el nombre de Elena, la sangre se le heló a Adriana.

—¿Me estás diciendo que Lucía entregó propiedades de la familia valoradas en más de treinta millones a cambio de esa propuesta? —siseó. Le parecía una locura absoluta. ¿Qué derecho tenía Lucía de disponer de los bienes de los Romero de esa manera?

Adriana sintió como si le estuvieran arrancando un pedazo de su propia carne.

—Sin embargo, el director Romero no sabe absolutamente nada de esto —añadió el asistente, bajando la voz—. Según el contacto, la vicedirectora ocultó esta transacción a su hermano.

Adriana se quedó pensativa. Eso significaba que Lucía tampoco quería que Diego supiera que Elena los había salvado.

Aunque a Lucía le repugnara la presencia de Adriana, estaba claro que tampoco estaba del lado de Elena.

Respiró profundo, obligándose a mantener la mente fría.

Dada la guerra silenciosa que tenía con su suegra, necesitaba urgentemente a alguna de las hermanas Romero de su lado.

Lucía era la opción perfecta: era astuta, dominante y brillante en los negocios. Si lograba ganársela, su vida en la familia sería muchísimo más fácil.

Sabía que Lucía era extremadamente ambiciosa y le encantaba el poder. Esa sería su puerta de entrada.

En el fondo, Adriana era excelente para cerrar tratos.

Cuando trabajaba como secretaria de Diego, consiguió contratos multimillonarios para él.

Estaba hecha para las relaciones públicas, no para la investigación.

La única razón por la que se metió en el departamento de desarrollo fue por su ridícula obsesión de competir contra Elena.

Sacó su teléfono y comenzó a llamar, uno por uno, a los directores de otras empresas con los que mantenía una buena relación.

***

El sábado, Elena y Alejandro manejaron hasta Valle Nublado.

Cuando él descubrió que ella había crecido allí, no pudo evitar sorprenderse.

El hijo perdido de la señora Valverde también había desaparecido en una zona cercana a ese mismo valle.

La antigua casa de la familia Navarro se había vendido hacía años, por lo que decidieron hospedarse en una posada del pueblo.

Tras descansar un rato, salieron a comprar unas veladoras y flores hermosas en una tiendita cercana, y subieron la colina para visitar la tumba del abuelo Navarro.

El lugar alrededor de la lápida estaba impecable, e incluso había ofrendas recientes. Era evidente que los lugareños seguían visitando la tumba del viejo médico.

A Elena se le encogió el corazón de ternura; no esperaba que, después de tantos años, la gente del pueblo siguiera recordando las buenas obras de su abuelo.

Alejandro sirvió un par de tragos de licor y, con profundo respeto, se dirigió a la fotografía en la lápida:

—Abuelo Navarro, le doy mi palabra de que cuidaré de Elena con mi vida. Descanse en paz, ella está en buenas manos.

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