Elena lo miró con absoluta frialdad:
—Diego, en el instante en que empaqué mis cosas y me fui de esa casa el año pasado, todo lo nuestro terminó para siempre.
Diego por fin entendió el motivo de su frialdad durante todo ese tiempo.
Sin embargo, su arrogancia no le permitía creer que ella de verdad lo había superado.
—Elena...
Intentó acercarse para tomarle la mano, pero Alejandro lo apartó sin dudarlo.
—Director Romero, su esposa lo está esperando en su habitación. Le sugiero que deje de molestar a mi novia.
Al escuchar la palabra «novia», Diego miró a Elena, incrédulo.
—Elena, estás haciendo esto solo para darme celos, ¿verdad?
Se negaba a aceptar que ella realmente estuviera en una relación con Alejandro. Además, un hombre como Alejandro podía tener a cualquier mujer del mundo. ¿Por qué se rebajaría a pelear por Elena?
Al ver que Diego seguía perdido en su propia fantasía egocéntrica, Elena lo ignoró por completo y entrelazó sus dedos con los de Alejandro para marcharse.
Diego hizo el amago de seguirlos, pero Bruno y Leandro le bloquearon el paso.
—Director Romero, la señorita Navarro no quiere tener nada que ver con usted. Le pedimos que mantenga la dignidad —dijo Bruno con voz helada.
Diego, con la mirada ensombrecida, finalmente se detuvo y, frustrado, regresó a la habitación de Adriana.
Al verlo entrar, el rostro de Adriana se iluminó.
Sabía en el fondo que Diego no sería capaz de abandonarla.
Ella era más joven que Elena y, lo más importante, le había dado un hijo. No había forma de que él eligiera a otra sobre ella.
—Diego, yo no soy como Elena. No me importa quién más ocupe un lugar en tu corazón. Mientras decidas regresar a casa conmigo, siempre te estaré esperando.
Escuchar palabras de tanta devoción hizo que Diego sintiera un gran alivio.
Aunque Adriana había cometido algunas locuras en el pasado, al menos todo había sido fruto de un amor desmedido y de los celos. Era comprensible.
Acarició su cabello suavemente:
—Lo sé. Quédate aquí descansando, tengo que ir a la oficina.
Adriana le aferró la mano con desesperación:
—Diego, ¿no puedes quedarte un ratito más conmigo?
Dado su pésimo estado de ánimo, Diego no se dejó conmover por sus súplicas.
—Tengo demasiadas cosas que resolver en la empresa. Adriana, tienes que ser comprensiva.
Desde que estaba con él, esa era la frase que Adriana más había escuchado.

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