Durante esos cinco años, él había hecho que Elena lo tuviera todo sin mover un dedo. Seguramente por eso se había vuelto tan caprichosa e irresponsable.
Adriana, al notar que él estaba que se lo llevaba el diablo por culpa de Elena, sonrió para sus adentros, pero le dijo con falsa dulzura:
—Ay, Diego, tampoco te enojes tanto. Acuérdate de que Elena llevaba cinco años sin trabajar... es normal que meta la pata de vez en cuando.
Diego cambió de semblante al instante:
—Si ella tuvo la culpa, entonces que se le levante un acta administrativa y se pase el reporte como marca el reglamento.
Ese era el último día de Elena en el Grupo Romero. Ya había entregado todos sus pendientes y solo esperaba la hora de salida para largarse de ahí.
Antes de irse, juntó a todos los del departamento de investigación para una última junta de despedida.
Todos en la oficina ya habían visto el correo donde Diego exhibía a Elena con el reporte administrativo; la única que no tenía idea era ella.
Por eso, cuando entró a la sala de juntas, Camila y las demás la miraban con abierta burla. Elena ya estaba acostumbrada a ese tipo de actitudes, así que ni siquiera se molestó en prestarles atención.
Les comunicó formalmente que renunciaba y aprovechó para compartirles algunos consejos y trucos que había aprendido en todos esos años, con la esperanza de que les sirviera para el trabajo.
Camila, convencida de que la estaban corriendo por haber arruinado el proyecto, la miró con todavía más desprecio.
El único que de verdad sentía que se fuera era el vicepresidente Montoya. Sabía que dejar ir a alguien con el talento de Elena era un golpe durísimo para el Grupo Romero.
Cuando Elena terminó de decir lo que tenía que decir, dio por terminada la junta.
A las seis de la tarde, le mandó un mensaje a los de recursos humanos: [No me voy a llevar las cosas que dejé en la oficina, por favor encárguense de tirarlas.]
Dicho esto, agarró su bolsa y salió de ahí.
Justo antes de salir, su mirada se detuvo en el bote de basura que estaba junto a la puerta.
Adentro había unos papeles que se le hicieron conocidos. Los sacó y descubrió que eran los apuntes con los consejos de investigación que les acababa de repartir a sus compañeros. Jamás se imaginó que los tirarían a la basura tan rápido.
Sin hacer una sola mueca, Elena volvió a tirar los papeles y se dirigió a los elevadores.
Al llegar al estacionamiento, se topó de frente con Adriana.
Con una sonrisa imposible de disimular, Adriana le dijo:
—Elena, ¿de verdad ya te vas de la empresa?


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