Diego no esperaba encontrársela en ese lugar.
Pero al pensarlo bien, supuso que Elena se había enterado de su visita por el vicepresidente Montoya o algún asistente, y lo había seguido hasta ahí.
Desde que se casaron, cada vez que discutían, ella lo bloqueaba por un par de días.
Pero luego se arrepentía, se daba cuenta de su error y corría a pedirle perdón.
Diego ya estaba acostumbrado a ese tipo de distancias y nunca les daba demasiada importancia.
Lo que no esperaba era que, en lugar de acercarse, Elena pasara de largo sin siquiera mirarlo.
Diego frunció el ceño, se acercó y la tomó del brazo.
—Elena, ¿qué te pasa? Tú fuiste la que insistió en entrar a la empresa, y mira tu actitud: faltas al trabajo, no contestas los mensajes y encima me bloqueas. Si no regresas de una vez, le daré tu puesto de directora a Adriana.
Elena por fin le dirigió una mirada.
«De verdad la quiere muchísimo», pensó. Ahora estaba dispuesto a darle a Adriana un puesto tan importante.
Se le escapó una sonrisa seca, casi burlona.
—Si crees que Adriana es más capaz, entonces dale el puesto.
Dicho esto, se soltó de su agarre y se dispuso a marcharse.
Diego sintió que la actitud de ella estaba muy rara últimamente.
Recordaba que antes, si él pasaba dos o tres meses sin verla por culpa del trabajo, ella al menos se quejaba.
Pero de un tiempo para acá, las quejas habían desaparecido.
Y ahora se mostraba tan fría y distante, como si él ya no le importara en absoluto.
En ese momento, Adriana lo tomó del brazo para interrumpir la tensión.
—Diego, ya casi empieza la conferencia.
Terminó apartando la mirada y se concentró en lo que había ido a hacer. Cuando Elena regresó del baño, la conferencia ya había comenzado.
Se sentó en la última fila y escuchó en silencio la exposición del profesor Álvarez.
Al terminar, el profesor Álvarez fue rodeado por los directivos de la universidad y los empresarios del sector.
Diego y Adriana estaban entre ellos.

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