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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 49

A Santiago le pareció una lástima, pero no insistió.

Al terminar de comer, Elena se despidió de sus compañeros.

Como su carro estaba en el taller para servicio de mantenimiento, no le quedó más remedio que pedir un taxi.

Mientras esperaba en la banqueta, vio acercarse el coche de Diego.

La ventana del copiloto bajó, revelando la sonrisa de Adriana.

—Elena, qué casualidad. Acabamos de comer con el profesor Álvarez. ¿Quieres que te llevemos?

Sabía perfectamente que Elena iba a rechazar la oferta; solo lo decía para provocarla.

—No, gracias —respondió Elena con voz neutra—. Pediré un taxi.

Diego la miró con esa autoridad suya que no dejaba espacio para discutir:

—Sube.

Elena estaba a punto de marcharse cuando le llegó un mensaje al celular. Era de su tía Carmen:

[Elena, si tienes tiempo, trae a Diego a la casa. Tu abuela vino ayer y platicando con la señora Ruiz se enteró de que no has estado durmiendo en tu casa. Se imaginó que se pelearon y se separaron. Desde que regresó anoche, se encerró y no ha querido comer nada].

Elena apretó los labios y contestó: [Está bien].

Había escuchado que su tía se había reconciliado con su tío recientemente, y al parecer, su abuela había tenido mucho que ver en eso.

Ahora, por el bien de la salud de la señora, tendría que llevar a Diego con ella. Solo faltaba ver si él estaba dispuesto a acompañarla.

Elena abrió la puerta trasera y se subió al coche.

Al ver que obedecía, la expresión de Diego se relajó un poco.

A la que no le hizo ninguna gracia fue a Adriana.

Había creído que Elena de verdad quería separarse de Diego, pero al parecer, no estaba dispuesta a soltar los lujos de la familia Romero.

Al pasar por una pastelería, Adriana se giró hacia el conductor.

—Diego, se me antojó un pastel de ese lugar.

Él estacionó frente al local.

Adriana escogió su favorito, mientras Diego le murmuraba una advertencia:

—Solo puedes comer una rebanada pequeña. El doctor dijo que no debes consumir tanta azúcar.

Ella le sacó la lengua de forma juguetona.

—Ya sé.

Luego volteó hacia el asiento trasero.

—Elena, ¿no se te antoja un pastel?

Elena esbozó una sonrisa apenas burlona.

—No quiero.

Cuando recién empezaron a salir, Diego también era así de detallista y atento con ella.

Sintió la necesidad de justificarse, pero Elena parecía no haber notado nada. Estaba en silencio, con la vista clavada en la ventana, con una actitud de total indiferencia.

Diego sintió una incomodidad extraña que no supo explicar.

Sin apartar la vista del paisaje, Elena rompió el silencio.

—Diego, quiero ir a casa de mi tía Carmen, ¿puedes llevarme? Y si tienes tiempo mañana en la noche, ¿podrías ir a ver a mi abuela conmigo?

Al ver que estaba dispuesta a invitarlo a ver a la abuela Navarro, Diego pensó que era su forma de buscar una reconciliación y que usaba a la anciana como pretexto.

Además, esto confirmaba que de verdad se había estado quedando en casa de su tía. Con eso, terminó de convencerse.

—Está bien. Mañana en la noche te acompaño.

En el asiento del copiloto, por un instante, Adriana estuvo a punto de perder la calma, pero se contuvo enseguida.

El coche se detuvo en la entrada de la zona residencial. Elena se despidió y caminó hacia la casa.

Tocó la puerta y su tía Carmen abrió.

Lo primero que preguntó al entrar fue:

—¿Cómo está mi abuela? Voy a verla.

Su tía señaló la puerta del cuarto y soltó un suspiro.

—Es terca como una mula. No ha salido en todo el día y se niega a comer.

Cuando Elena iba a entrar a la habitación de su abuela, escuchó la voz de su tío ayudando a su prima con la tarea en el cuarto de al lado.

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