Tras terminar de rendir su declaración, Elena acompañó a Isabel a su casa.
Lo primero que hizo Isabel al entrar fue irse directo a bañar. Tardó media hora en salir del baño, y aún seguía refunfuñando con asco.
—Nada más de pensar que ese animal me puso las manos encima, se me revuelve el estómago.
Elena la dejó desahogarse mientras sacaba hisopos y alcohol para desinfectarle las heridas y aplicarle ungüento.
Cuando terminó, se metió a la cocina para prepararle algo de cenar.
Isabel seguía recostada en el sofá, todavía tensa por la indignación, escribiéndoles a sus colegas para preparar la demanda contra Tomás y hacerlo pagar.
En eso, sonó su celular.
En cuanto contestó, se le borró de golpe la buena cara.
Elena salió con un tazón de sopa caliente y le preguntó:
—¿Qué pasó?
Isabel se tocó la herida que aún le dolía y respondió con los dientes apretados:
—¡Diego habló con el jefe de mi despacho y logró sacar a ese infeliz bajo fianza! Y para colmo, mi jefe quiere que mis colegas y yo vayamos a pedirles disculpas a Adriana y Valentina, ¡o me suspenden del trabajo! ¡Qué poca madre!
A Elena se le cerró la garganta.
—No te alteres —le dijo tratando de calmarla—, no te ganes problemas en tu trabajo por esto. Yo iré a hablar con Diego.
Isabel tragó saliva y, tras unos segundos, pareció tomar una decisión. Con un tono mucho más relajado, soltó:
—Al diablo. Que me suspendan si quieren, lo tomaré como unas vacaciones. Y ni se te ocurra ir a buscar a Diego; sé lo mucho que te costó alejarte de él y no quiero que por mi culpa vuelvas a enredarte en sus cosas.
Pero Elena no iba a permitir que Isabel pagara los platos rotos.
En cuanto salió de su casa, se dirigió directo al hospital.
Cada vez que Adriana era internada, subía fotos a Instagram mostrando cómo Diego la cuidaba, siempre incluyendo la ubicación del hospital.
Por eso no tardó nada en encontrar su habitación.
Al entrar, vio a Adriana comiendo una naranja que Diego acababa de dejarle lista.
Elena no iba a tolerar que Diego pisoteara a su mejor amiga.
—¡Isabel vale mucho más que cualquiera de ustedes! —soltó, fuera de sí—. Porque ustedes saben fingir muy bien delante de la gente, pero por detrás son de lo más miserable.
—¡Elena!
Diego levantó la mano, a punto de abofetearla.
Pero la detuvo en el aire.
En sus ojos no había más que una decepción fría y distante.
Elena soltó una risa amarga, le apartó la mirada y dio media vuelta para irse.
Al verla marcharse así, tan lejos de él, a Diego se le instaló una inquietud amarga en el pecho.
Hizo el ademán de ir tras ella, pero Adriana lo agarró del brazo.
—Diego, me duele mucho el vientre... no te vayas.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico
Es una novela que vives en cada fibra, te sientes que formas parte de ella ya que las emociones están al mil, me encanta mucho....