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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 51

Al escuchar eso, Isabel soltó una risa burlona.

—¿Qué te importa si voy a un bar o si soy una buena mujer? Tu hijo no supo controlarse y me atacó, así que lo voy a demandar. Ya verás cómo termina metido en la cárcel.

Isabel era abogada; tenía la lengua afilada y una presencia imponente. Valentina no era rival para ella.

Valentina clavó la mirada en Elena, queriendo imponerse sobre ella con su papel de madre.

—Tomás también es tu hermano. No puedes desentenderte ahora que está metido en problemas. Al final, a tu amiga no le pasó nada tan grave, así que convéncela de no llevar esto más lejos. Nosotros pagaremos los gastos médicos, ¿con eso no basta?

Durante mucho tiempo, Elena siguió anhelando un poco de cariño de su madre.

Pero después de tantos años de indiferencia, y sobre todo después de que Valentina la arrastrara para obligarla a donar médula para Tomás, ya no quedaba nada de ese anhelo.

Cuando habló, lo hizo con una frialdad que no dejaba lugar a dudas.

—Mi amiga fue agredida y está en todo su derecho de exigir justicia. Si la señora Pérez no supo ponerle límites a su hijo, entonces que se los ponga la ley.

Al escuchar que la llamaba «señora Pérez» y ver que no le importaba en lo más mínimo la suerte de Tomás, soltó una risa amarga de pura rabia.

—¡Bien, muy bien, excelente! ¡De haber sabido que serías tan venenosa, jamás te habría dado a luz!

Aunque Elena ya no esperaba nada de ella, esas palabras igual le abrieron una herida.

Isabel, que conocía perfectamente la relación entre ellas, no se aguantó y soltó una mueca de desprecio.

—¡Con esa moral tan podrida que te cargas, ni siquiera mereces que te llamen madre! ¿Que te arrepientes de haberla tenido? ¡La pobre Elena es la que tuvo la peor suerte del mundo al nacer como tu hija! Te crees muy buena madre, ¿no? ¡Por eso criaste a un par de escorias: uno que va por ahí causando problemas y la otra que se la pasa robándose maridos ajenos!

Valentina se puso tan furiosa que tuvo que apoyarse en la mesa, como si de un momento a otro le fueran a fallar las piernas.

Adriana, que iba regresando del baño, vio a su madre tambalearse y corrió a sostenerla.

—Mamá, ¿qué tienes?

Valentina señaló a Elena con un dedo tembloroso

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