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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 618

Después de cambiarle la ropa por segunda vez, Eulalia procedió a alimentarlo. Esta vez, Hugo no intentó hacerse el fuerte y aceptó que le diera la comida en la boca.

Justo cuando Eulalia pensó que por fin podría tomar un respiro, el anciano vomitó de manera repentina.

El vómito no solo arruinó el pijama limpio de Hugo, sino que también salpicó toda la blusa de Eulalia.

La sonrisa ensayada de la joven se congeló.

Un hedor agrio invadió sus pulmones y no pudo evitar soltar una fuerte arcada.

Saber que ahora tendría que limpiar ese desastre asqueroso y volver a bañar al viejo hizo que sus ojos se llenaran de lágrimas de pura rabia.

¡Ella no era una sirvienta! ¡Tampoco era su hija biológica! ¿Por qué demonios tenía que soportar ese trato denigrante?

Esa noche, solo después de que Hugo se quedó dormido, Eulalia pudo regresar a su departamento, sintiendo asco de sí misma.

Se metió a la ducha y se frotó la piel durante más de una hora, pero seguía sintiendo que el tufo a vómito y a viejo impregnaba cada uno de sus poros.

En ese momento, su teléfono sonó.

Era Diego.

La invitaba a tomar unos tragos en un bar exclusivo.

Eulalia, que estaba al borde de un colapso nervioso, aceptó sin pensarlo dos veces.

Una vez en el bar, se vio obligada a escuchar el monólogo deprimente de Diego quejándose de lo miserable que era su matrimonio, de lo insoportable que era Adriana, de la frialdad de Elena hacia él, y de cómo sus negocios iban en picada...

En el pasado, Eulalia habría usado todo su encanto para adularlo, acariciarle el ego y actuar como la amiga comprensiva y perfecta.

Pero ahora, solo sentía una profunda irritación.

Al recordar que al día siguiente tendría que volver a ese hospital para lidiar con el anciano, el estómago se le revolvió de nuevo.

Diego estaba tan absorto en su propio drama que ni siquiera notó el malestar de ella, y siguió soltando sus quejas sin parar.

Después de beber bastante, terminaron yendo a un hotel.

Pero, justo en el clímax del encuentro, el recuerdo gráfico del vómito de Hugo cruzó por la mente de Eulalia, provocándole una arcada incontrolable en el peor momento posible.

Diego, que estaba en la cima de la pasión, se quedó helado.

El sonido y la reacción física de la chica mataron su deseo de golpe.

Se sentó al borde de la cama, con el rostro endurecido por la indignación.

Eulalia, consciente de que había arruinado el momento, intentó arreglarlo rápidamente.

—Lo siento, de verdad. Me distraje por un momento... no tiene nada que ver contigo, te lo juro. Por favor, no me malinterpretes.

A Diego no le importaron sus disculpas. Ya de por sí se sentía miserable por tener que buscar consuelo físico en una mujer por la que no sentía nada real, y ese rechazo físico fue la gota que colmó el vaso.

Se metió bajo las sábanas y le dio la espalda.

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