Diana estaba segura de que recibiría elogios.
Elena revisó el documento rápidamente y frunció el ceño.
—¿Tú escribiste esto?
—¡Claro que sí!
—¿Acaso no prestaste atención en la universidad? —dijo Elena con frialdad—. Has escrito mal hasta los términos técnicos más básicos. A partir de hoy, dedicarás dos horas cada noche a repasar los libros de tu carrera. Haré evaluaciones sorpresa.
Diana se quedó de piedra.
¿Volver a leer los gruesos libros de la universidad?
Sintió que la cabeza le daba vueltas.
—Elena, te juro que no me fue tan mal en la escuela... Solo fue un error de dedo con algunos conceptos.
—Si te dedicas a la investigación de fármacos y cometes un «error de dedo» con un concepto, ¿tienes idea de las consecuencias catastróficas que eso provocaría? —la interrumpió Elena—. Te lo repito: si no quieres seguir mis reglas, puedes irte cuando quieras.
Diana tragó saliva y asintió a regañadientes.
—Está bien. Prometo estudiar.
Cuando Diana se levantó para ir a la zona de cafetería, Santiago tomó el informe, lo revisó y esbozó una sonrisa.
—En realidad no está tan mal. Por algo pasó el examen escrito; no carece de conocimientos. Estás siendo demasiado dura con ella, Elena.
Pero Elena ya tenía bien estudiada a la joven.
Diana había sido criada entre algodones, siempre le habían consentido todo y por eso era tan indisciplinada.
Con mano dura y límites estrictos, podría llegar a ser una gran profesional.
Pero si se le daba rienda suelta, seguramente cometería algún desastre.
Alejandro le había dicho que, si lograba moldear a Diana, se convertiría en su mano derecha.
Y Elena sabía perfectamente lo que él no le había dicho en voz alta.
Si en el futuro se desataba una guerra interna en la familia Vargas, tener a Diana de su lado le daría una ventaja incalculable.
Esa era la verdadera razón por la que había decidido conservarla.
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