—Lo haré —prometió Elena.
Alejandro buscó una manta pequeña y se la entregó.
—El aire nuevo seguramente enfriará bastante, póntela en la oficina para que no te resfríes.
—Está bien.
Antes de salir por la puerta, Elena no pudo resistir el impulso, se paró de puntillas y le dio un dulce beso en la mejilla.
—Ya me voy. Nos vemos en la noche.
Al llegar al laboratorio, Santiago ya estaba allí, visiblemente eufórico.
—¡Es un milagro! Este maldito aire siempre se daña en esta época del año y nunca queda bien hasta que lo arreglan cinco veces. Pero este año se lucieron, ¡nos instalaron uno nuevo de paquete!
Elena solo sonrió, guardándose el secreto de que Alejandro era el verdadero héroe de la historia.
Un rato después, llegó Diana con dos vasos de café helado en las manos.
El día anterior, ella también había sufrido el infierno del calor en la oficina y estuvo a punto de irse a su casa con tal de huir del bochorno.
Pero se aguantó. Si se iba, corría el riesgo de que Elena la despidiera sin pensarlo dos veces.
Hoy, al ver el aire nuevo, el alma le volvió al cuerpo.
Se acercó a Elena y le ofreció uno de los vasos con una gran sonrisa.
—Ten, Elena. Un cafecito para ti.
Como Elena no estaba consumiendo bebidas frías y además evitaba la cafeína por su embarazo, se lo pasó directamente a Santiago.
—Gracias, Diana —dijo Santiago, tomando el vaso con gusto.
Diana la miró con curiosidad.
—Oye, si no tomas café, ¿cómo le haces para tener tanta energía todo el día?
—Es verdad —añadió Santiago—. Antes no soltabas el café por nada del mundo. ¿Por qué el cambio?
Obviamente, Elena no iba a revelar que estaba embarazada.
Solo sonrió y soltó la primera excusa que se le vino a la mente.
—Ya me tomé uno en casa.
Ninguno de los dos hizo más preguntas.
Esa noche tenían una cena de negocios obligatoria. Como el profesor Álvarez aún estaba en recuperación, Elena o Santiago debían asistir. Esta vez, Elena decidió llevar a Diana con ella.
Durante la velada, hubo varios brindis importantes y, al ver que Elena no bebía, Diana se ofreció a cubrirla y tomó en su lugar.
—Si la guío bien, estoy segura de que llegará lejos.
Mientras Elena se duchaba, Alejandro decidió hacer una llamada.
Diana, que ya estaba en pijama y un poco mareada, contestó su teléfono algo confundida.
—¿Señor Alejandro? ¿Pasó algo?
—¿Es cierto que hoy cubriste a Elena con los brindis en la cena?
—Sí. Me he dado cuenta de que últimamente Elena come cosas muy ligeras, supuse que andaba mal del estómago y decidí ayudarla. A fin de cuentas, yo aguanto más el alcohol que ella.
Alejandro soltó una carcajada de satisfacción.
—Cuando regresemos a Ciudad del Norte, ve a la agencia que prefieras. Te regalaré el auto que tú escojas.
—¿De verdad? —chilló Diana, incrédula.
Pero casi al instante, su tono cambió a uno de reclamo.
—Oiga, Alejandro, con todo respeto... ¿no cree que es un poco tacaño con Elena? A mí me ofrece un auto de lujo y deja que ella ande por ahí manejando un coche tan normalito. Si sigue siendo tan codo con su novia, un día de estos ella lo va a terminar botando.
Desde que se había convertido en la asistente de Elena, la lealtad de Diana se había volcado por completo hacia su jefa, al punto de atreverse a regañar al mismísimo Alejandro.
Alejandro, al otro lado de la línea, se quedó sin palabras.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico
Es una novela que vives en cada fibra, te sientes que formas parte de ella ya que las emociones están al mil, me encanta mucho....