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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 783

Esas palabras se clavaron en el pecho de Diego como una puñalada. La miró con incredulidad.

—Si eres capaz de darle un hijo a él sin siquiera estar casados, ¿por qué nunca estuviste dispuesta a hacer lo mismo por mí?

Elena soltó una risa amarga.

—Él y tú no se parecen en nada. A él no le andan sobrando las mujeres, mientras que tú eres un infiel sin remedio. Ahórrate tu papel de víctima, Diego. El único que destrozó nuestra relación fuiste tú.

Diego regresó a casa arrastrando los pies, como si le hubieran arrancado el alma.

Beatriz, que acababa de regañar a Adriana, se acercó a él de inmediato al verlo entrar.

—Diego, hijo, ¿qué te pasa?

Adriana también fijó su vista en él. Sus ojos no se parecían en nada a los de la mañana; estaban opacos, vacíos, como si fuera un caparazón hueco.

Al ver que no respondía y solo se quedaba ahí parado, Beatriz se asustó y le tocó la frente.

El contacto la hizo entrar en pánico.

—¡Estás hirviendo! ¿Por qué no nos dijiste que tenías fiebre? ¡Tenemos que ir al hospital de inmediato!

Diego abrió la boca, pero no logró articular palabra.

Ni siquiera él entendía qué le sucedía. Sentía el cuerpo sin fuerza alguna y su mente era un espeso caos.

Veía los rostros alarmados de su madre y de Adriana, pero no era capaz de reaccionar.

Todo a su alrededor empezó a dar vueltas hasta que sus piernas cedieron. Cerró los ojos y se desplomó pesadamente en el suelo.

Beatriz gritó horrorizada y ordenó de inmediato a los empleados que lo subieran al auto.

Subió tras él para acompañarlo al hospital.

Durante todo el trayecto, se aferró al brazo de su hijo llamándolo a gritos, pero Diego seguía inconsciente.

Adriana también estaba angustiada, pero los gritos ensordecedores de Beatriz le zumbaban en los oídos. Con la cabeza hecha un nudo, no supo qué hacer más que quedarse paralizada.

Sintió un vacío lacerante en el pecho, un dolor tan agudo que le cortaba la respiración.

—¿Te duele mucho, hijo? —preguntó Beatriz, compungida.

Diego cerró los ojos. Tenía la garganta como papel de lija, incapaz de emitir un sonido.

Las voces de su madre, de Adriana y de sus hermanas eran solo un eco lejano; él seguía hundido en sus propios tormentos.

Tras unos días más en el hospital, Diego por fin estuvo lo suficientemente estable como para recibir el alta.

Al notar su profundo abatimiento, Beatriz le insistió en que se tomara un tiempo libre. Él no puso resistencia; pasó toda la semana encerrado en casa, envuelto en un aura de tristeza insondable.

Temiendo que su hijo estuviera sufriendo un colapso mental, Beatriz intentó llevarle a un especialista, pero Diego se negó rotundamente a recibir ayuda profesional.

—Diego, por favor, dime qué te pasa. Si te sientes mal, háblalo conmigo. No puedes seguir así —le suplicaba.

Beatriz recordó cuando el padre de Diego la había engañado y humillado públicamente, paseándose con su amante y su hijo ilegítimo. En aquella época ella misma había caído en una profunda depresión, y ahora veía esos mismos síntomas reflejados en su hijo. Esa idea la carcomía de angustia.

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