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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 936

La señora Molina explotó de indignación.

—¡Qué hablas! Yo soy la que más duro trabaja en esta casa. La señorita Elena te tiene preferencia porque te la pasas de arrastrada, adulándola todo el tiempo. Por eso te dio ese dinero. Ya veo que en esta vida vale más ser una chupamedias que sudar la gota gorda.

La señora Medina ni se inmutó. La ignoró por completo y siguió limpiando los juguetes en la habitación de Aurora.

***

Esa misma noche, Elena fue a cenar a la mansión de la familia Valverde y aprovechó para hablar con Bianca sobre su intención de buscar una nueva cocinera.

Al escuchar que la señora Molina era una espía infiltrada, el rostro de Bianca se ensombreció de rabia.

—Si es así, patitas a la calle hoy mismo. La señora Santini, mi cocinera de toda la vida, es de absoluta confianza. La enviaré mañana a tu casa para que se haga cargo.

Elena sabía perfectamente que la señora Santini llevaba años trabajando para la familia Valverde y que tanto Dante como Bianca adoraban su sazón. Llevarse a su empleada estrella sería una grosería y alteraría la comodidad de su nueva familia.

Siendo la más joven, no era correcto quitarle el personal a los mayores, así que se apresuró a declinar la oferta.

—La voy a echar, por supuesto, mamá. Pero no todavía. Tengo cuentas pendientes que ajustar con ella y no quiero alertar al enemigo antes de tiempo. Te pido que, por favor, me ayudes a buscar a alguien de confianza en estos días. Confío ciegamente en tu criterio, después de todo, fuiste tú quien me recomendó a la señora Medina y ha sido una bendición.

—Cuenta con ello, mi niña —aseguró Bianca con firmeza.

Mientras tanto, en la casa, la señora Molina, resentida porque la otra empleada recibía dinero extra, comenzó a hacer su trabajo de peor gana.

Incluso, en un acto de pura venganza mezquina, «olvidaba» ponerle sal a la comida.

El viernes por la noche, Elena la llamó a la sala para hablar a solas.

Con un gesto impecable, puso una lista sobre la mesa.

—Solo esta semana, te olvidaste de ponerle sal a la comida tres veces. Ayer, los vegetales estaban crudos. Y Aurora ya me comentó que las dos últimas veces su cena no tenía sabor a nada. Señora Molina, si no se siente bien de salud, le acepto la renuncia hoy mismo para que vaya a descansar a su casa.

La mujer, que cobraba dos jugosos sueldos por su doble juego, entró en pánico ante la idea de ser despedida.

—¡Ay, señorita Elena, perdóneme! Es que he tenido unos problemas familiares muy fuertes y ando con la cabeza en las nubes. Le juro por Dios que no vuelve a pasar, me concentraré en mi trabajo.

Elena asintió lentamente, con una frialdad calculada.

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