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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 938

El esposo de Valeria había trasladado el centro de sus negocios a Ciudad del Norte, por lo que ella y su hijo se mudaron de inmediato.

Tras compartir un par de partidas de cartas con Viviana, ambas descubrieron que compartían el mismo veneno y se volvieron inseparables, saliendo seguido de compras y a tomar el té.

Al escuchar la petición de Viviana, el rostro de la empleada palideció, atrapada en una situación imposible.

Valeria cruzó los brazos y clavó una mirada cargada de desprecio en Elena.

—Vaya, quién lo diría. Nunca imaginé que alguien como la señorita Elena terminaría frecuentando este tipo de lugares. Qué... sorpresa.

Cuando Elena vivía bajo el techo de los Romero, Isabela y Valeria eran quienes peor la trataban. La usaban como a una sirvienta de tiempo completo y, para colmo de males, le aventaban su ropa vieja y usada, diciendo cínicamente que lo hacían «por caridad».

Viviana se apresuró a jugar el papel de pacificadora y le tocó el brazo a Valeria.

—Tranquila, Valeria, no seas tan dura. Sea cual sea el malentendido del pasado, háganlo por mí y déjenlo atrás.

Luego, con una sonrisa que destilaba superioridad, se dirigió a la vendedora:

—De verdad, ¿no puedo echarle un vistazo? Soy una clienta frecuente y he dejado mucho dinero aquí. ¿No pueden hacerme esa pequeña excepción?

La empleada tragó saliva y le repitió el mismo discurso sobre la exclusividad de la pieza que le había dicho minutos antes a Serena.

Viviana, sin perder el cinismo, se volvió hacia Elena.

—Elena, cariño... Tu padre y yo estamos planeando casarnos, lo que significa que prácticamente somos familia. Si te pido ver la joya, estoy segura de que no me harás un desplante, ¿verdad?

Elena ni siquiera le guardaba un mínimo de respeto a su padre biológico, Hugo. Mucho menos se lo iba a guardar a esa trepadora.

Con una sonrisa cargada de hielo, respondió:

—No sé cómo acostumbran otros a tratar a la amante de su padre. Pero te aclaro algo: en mi vida, la otra mujer jamás tendrá el título de familia.

Valeria, sintiéndose ofendida en nombre de su nueva amiga, saltó de inmediato:

—¡Elena Navarro! Eres una maleducada. Hablarle así a una mayor es una completa falta de respeto.

Elena no dudó en devolver el golpe, atacando donde más dolía:

—Es fascinante cómo cambias de bando. Antes eras la mejor amiga de Adriana, y ahora andas del brazo de Viviana. Qué ironía tan patética. Solo espero que el día de mañana tu propio matrimonio no se cruce con una mujer como Lucía. Dudo mucho que tengas el estómago para irte de compras, agarradita de la mano, con la amante de tu esposo.

El rostro de Valeria se tornó rojo de pura furia.

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