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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 947

Viendo la ropa humilde de Carmen, la anciana y la niña, los mirones empezaron a soltar comentarios hirientes.

—Seguro esta gente ni tiene para pagar un plato aquí. Vinieron nada más a ver qué se podían embolsar. Ya ha pasado antes, y qué descaro, ni siquiera le tienen miedo a acabar en la cárcel.

Al escuchar que la acusaban de ser una muerta de hambre que no podía pagar la cuenta, el rostro de Carmen se encendió de rabia.

—¿Quién dice que no puedo pagar este lugar? ¿Quieren que les muestre mi estado de cuenta para taparles la boca?

Ese último año, Carmen había levantado un negocio próspero. Tenía más de un millón ahorrado y podía darse el lujo de invitar a su familia a los restaurantes más caros sin pestañear.

¿Quiénes se creían todos esos snobs para mirarla como si fuera basura?

El gerente del restaurante, con la misma mentalidad prejuiciosa de la multitud, cruzó los brazos.

—Señora, deje de intentar justificarse y armar un escándalo. Si sigue con esta actitud, tendré que llamar a las autoridades para que se la lleven.

Carmen lo miró desafiante.

—Pues hágalo. Llame a la patrulla si es tan hombre. ¡El que nada debe, nada teme!

La pequeña Ariadna estaba temblando de miedo. Sacó rápido su reloj inteligente e intentó mandarle un mensaje de emergencia a Elena pidiéndole ayuda.

Pero con los nervios, se equivocó de contacto y le envió el mensaje de auxilio directamente a Alejandro.

Alejandro estaba casualmente en un banquete de negocios en un hotel a un par de calles. Al leer el angustiado mensaje de Ariadna, se levantó de la mesa sin dar explicaciones y se dirigió a toda prisa al restaurante.

Justo cuando un par de guardias de seguridad intentaban arrastrar a Carmen hacia la salida para entregarla a la policía, la imponente figura de Alejandro apareció en la puerta.

En el instante en que entró, el ambiente se congeló. Su sola presencia emanaba un aura tan dominante y oscura que el gerente sintió un escalofrío recorrerle la columna.

El gerente tragó saliva, rezando para que ese titan de los negocios no estuviera ahí por la mujer que estaban a punto de echar. Después de todo, ella se veía demasiado común como para conocer a alguien de esa talla.

Pero Alejandro caminó directo hacia la escena. Vio el saco de Carmen tirado en el suelo, manchado por las pisadas de la gente.

Sin decir una palabra, se quitó su propio y costosísimo abrigo y se acercó a ella.

El gerente, por puro instinto de supervivencia, dio un paso atrás soltando a Carmen.

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