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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 948

Valeria estaba tan aterrorizada por la imponente presencia de Alejandro que se quedó paralizada, apretando los puños sin poder pronunciar una sola palabra.

Viviana, dándose cuenta del peligro, se adelantó rápido con una sonrisa nerviosa para intentar salvar la situación.

—Señor Vargas, le pido una disculpa, seguro todo esto fue un terrible malentendido. Valeria se dejó llevar por la angustia al ver lo alterada que yo estaba. Personalmente, no creo que la señora Navarro se haya robado nada. Le ofrezco mis más sinceras disculpas, señora. Mire, ya no importa si la pulsera aparece o no, doy el asunto por terminado. No es necesario involucrar a la policía.

Carmen soltó una carcajada cargada de sarcasmo.

—Ah, no, ahora no te me eches para atrás. Ustedes armaron todo este circo, dejaron que toda esta bola de idiotas me llamara ratera mientras tú te quedabas ahí mirando y aprobando todo. Y ahora que ven que se metieron con la persona equivocada, ¿quieren hacerse las santas y hacer como que no pasó nada? Ni en sueños. Apoyo totalmente la idea de llamar a la policía. Cuando revisen los videos, las voy a demandar a ambas por difamación y lesiones físicas.

La sonrisa postiza de Viviana se hizo añicos. Tragó saliva y adoptó un tono lastimero.

—Señora Navarro, le juro que mis disculpas son de corazón. Si está tan indignada, por favor, abofetéeme ahora mismo si eso la hace sentir mejor.

Carmen no cayó en su trampa barata.

—Guárdate tu teatrito de víctima. Yo lo único que exijo es justicia. Yo no soy como ustedes, que sin tener ni media prueba se la pasan escupiendo veneno y agrediendo a la gente. A mí sí me enseñaron lo que es el respeto, la decencia y los buenos modales, algo que a ustedes claramente les falta.

Esas palabras fueron como bofetadas a mano abierta para Viviana, Valeria y todos los curiosos que las habían señalado minutos antes.

Alejandro secundó las palabras de Carmen con voz firme.

—Llamen a las autoridades.

El dueño del restaurante, viendo cómo la reputación de su exclusivo local estaba a punto de irse por el caño junto con sus ganancias, se interpuso suplicando clemencia.

—Señor Vargas, por favor, le pido perdón. La culpa es totalmente de mi personal por no haber manejado este altercado a tiempo y haber permitido que la señora Navarro sufriera semejante humillación. Le juro por mi vida que, a partir de hoy, todas las comidas de su respetable familia en este establecimiento serán cortesía de la casa. Y en cuanto a estas dos señoras, quedan vetadas de por vida. Jamás volverán a pisar mi restaurante. ¿Le parece justo este acuerdo?

A Viviana y Valeria les ardió el rostro de la vergüenza. Las palabras del dueño eran otra humillación pública que no podían tolerar.

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