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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 953

Al darse cuenta de que aquel hombre era un cliente dispuesto a gastar a manos llenas, la señora Cruz no dudó en tragarse su orgullo e intentar robarle la venta a su compañera por la jugosa comisión.

Lara, sin atreverse a ofender a una empleada con más antigüedad, se quedó a un lado en silencio.

Alejandro ignoró a la mujer mayor y se dirigió directamente a Lara:

—Atiéndenos tú. A mi niña le agradas más.

Con una gran sonrisa en el rostro, Lara guio a Ariadna por la tienda mostrándole las piezas.

Al final, Alejandro compró diez peluches de diseñador, gastando una fortuna.

Ariadna se rascó la cabeza, sintiéndose un poco apenada. De haber sabido, no habría entrado a la tienda; había hecho que Alejandro gastara muchísimo dinero.

Lara empacó los peluches con sumo cuidado y, al entregárselos, acarició la cabeza de Ariadna con cariño.

—Estaré esperando ver tus propios diseños algún día, pequeña.

Ariadna asintió con obediencia.

Mientras tanto, la señora Cruz observaba la escena desde lejos, verde de envidia.

Ariadna y Alejandro salieron para reunirse con Elena y los demás.

Al ver las hermosas cajas que llevaba la niña, Carmen Navarro se sorprendió:

—Ariadna, ¿todo esto te lo compró Alejandro?

Ariadna asintió.

Alejandro señaló las enormes bolsas que cargaba el guardaespaldas y añadió:

—Todos esos también son para Ariadna. Cuando llegue el momento, le pediré a alguien que se los lleve hasta su casa, tía.

—¿Y estos muñecos son muy caros? —preguntó Carmen, un poco avergonzada por el exceso.

—Unos cientos nada más. No es caro —respondió Alejandro con total naturalidad.

Carmen respiró aliviada.

Temía que Alejandro hubiera hecho un gasto exorbitante por ellas.

Ariadna miró a Alejandro con los ojos muy abiertos por la mentira.

Él le hizo un discreto gesto de guardar silencio, llevándose un dedo a los labios.

Ariadna asintió cómplice, guardando el secreto del verdadero valor de esos peluches.

—¿Y no le compraste nada a Aurora? —preguntó Carmen.

—Hace poco le compramos un montón de peluches y ya se aburrió de ellos —sonrió Alejandro.

Carmen asintió, comprendiendo que el interés de los niños por los juguetes es fugaz.

Después de caminar y pasear toda la tarde, el grupo se dirigió a un elegante restaurante cercano para cenar.

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