Lara llevaba poco tiempo trabajando ahí, así que al escuchar la orden de la señora Cruz, solo pudo asentir sumisamente.
—Voy enseguida.
La señora Cruz notó que había gente en la tienda y se acercó pensando que era una oportunidad de venta, pero su expresión se agrió al darse cuenta de que solo era una niña con ropa bastante común.
Asumió de inmediato que Ariadna se había metido a escondidas a curiosear.
Esa calle comercial, además de albergar grandes firmas, también tenía marcas de diseñador muy exclusivas.
Por lo general, la gente que no podía permitirse esos lujos ni siquiera se atrevía a pisar su tienda.
—Escucha, niña, este no es un lugar para ti. Anda, sal de aquí —le dijo a Ariadna con tono despectivo.
Las mejillas de Ariadna se encendieron de vergüenza. Apretando la tela de su vestido con nerviosismo, señaló hacia la entrada, donde Alejandro seguía hablando por teléfono.
—Vine con Alejandro —murmuró.
La señora Cruz miró a Alejandro y luego volvió a ver a Ariadna. Su expresión se volvió aún más gélida.
—Niña, es de muy mala educación decir mentiras.
Cualquiera con ojos podía ver que ese hombre desprendía un aura de poder y riqueza; era obvio que no pertenecía al mismo mundo que esa chiquilla vestida de forma tan ordinaria.
Ariadna estaba a punto de llorar de la impotencia.
—¡No estoy mintiendo!
Al ver sus lágrimas a punto de brotar, la señora Cruz solo sintió repulsión, convencida de que la niña estaba fingiendo hacerse la víctima.
¿Qué les pasaba a los niños de hoy en día? Eran verdaderamente insoportables.
Justo cuando estiró la mano con la intención de empujar a Ariadna hacia la salida, una imponente figura se interpuso, protegiendo a la niña.
Alejandro, aún con el teléfono en una mano, posó la otra protectoramente sobre el hombro de Ariadna. Sus ojos oscuros y gélidos se clavaron en la vendedora.
—¿Qué le ibas a hacer a mi niña? —preguntó con una voz que helaba la sangre.
Al escuchar sus palabras, las pupilas de la señora Cruz se contrajeron de golpe. Su corazón dio un vuelco por la impresión.
Aquella niña de aspecto tan común era, en efecto, familia del hombre que tenía enfrente.
¡El contraste era simplemente absurdo!
Intimidada por la abrumadora presencia del hombre, la señora Cruz tartamudeó una disculpa apresurada:
—L-lo siento muchísimo. Es que... pensé que la niña estaba maltratando la mercancía, así que solo quería hacerle una advertencia.
—Yo solo lo toqué un poquito, no lo rompí —dijo Ariadna, con la voz apagada por la tristeza.
—Entonces seguro vi mal, fue mi error —respondió la mujer, forzando una sonrisa servil.


Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico
Es una novela que vives en cada fibra, te sientes que formas parte de ella ya que las emociones están al mil, me encanta mucho....