Las mejillas de Elena se tiñeron de un ligero rubor.
—Ese remedio casero de la abuela ya le pedí a Bruno que lo tirara. ¿Cómo crees que te iba a hacer tomar eso?
Alejandro la levantó en brazos, llevándola hacia la cama, y le dio un tierno beso en la punta de la nariz.
—Elena, todo lo que tú quieras, yo haré hasta lo imposible por dártelo.
Ella, juguetona, hundió un dedo en los marcados abdominales de su esposo.
—Claro que tienes que cooperar. Yo sola no puedo hacer el milagro de traer otro bebé al mundo.
Para Elena, resultaba un desperdicio absoluto no tener otro hijo considerando los genes perfectos de Alejandro.
Además, con cada día que pasaba, Aurora se volvía más y más hermosa, lo que inevitablemente aumentaba su ilusión de volver a ser madre.
***
Al mediodía, después de almorzar, Elena aprovechó para ir a una peluquería cercana a cortarse el cabello.
El estilista, que ya la conocía bien, le sugirió hacerse un cambio de color.
Elena revisó la hora en su reloj y declinó la oferta.
—Mejor la próxima vez. Tengo que volver a la oficina en la tarde.
El estilista asintió y comenzó a trabajar en su corte.
Elena cerró los ojos, disfrutando de ese breve momento de descanso.
De repente, un estruendo ensordecedor sacudió el local. ¡Alguien había estrellado algo contra la puerta de cristal!
Elena abrió los ojos de golpe.
Un niño estaba pateando un balón de fútbol dentro del local y, con uno de sus tiros, había dañado la entrada.
Desde el área VIP del segundo piso bajó una mujer que se estaba haciendo un tratamiento capilar. Era Valeria.
El niño malcriado que acababa de destrozar la puerta era su hijo, Lisandro Delgado.
La familia Delgado era originaria de Ciudad del Norte.
El padre de Lisandro se había mudado a Ciudad del Río para expandir sus negocios, razón por la cual habían residido allí un tiempo.
Una vez que las operaciones se estabilizaron, toda la familia regresó a Ciudad del Norte.
Lisandro estaba tan consentido por sus abuelos que no conocía límites. Valeria, aunque quisiera reprenderlo, nunca lograba controlarlo; además, pensaba que al tener dinero, cualquier problema se solucionaba pagando los daños. Por eso, lo dejaba hacer lo que se le antojara.
Al ver a la dueña del salón salir para revisar el desastre, Valeria sacó su tarjeta de crédito con prepotencia, ofreciéndose a pagar todas las reparaciones.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico
Es una novela que vives en cada fibra, te sientes que formas parte de ella ya que las emociones están al mil, me encanta mucho....