Valeria rugió de ira:
—¡Voy a llamar a la policía! ¡Te atreviste a agredirnos a mí y a mi hijo, esto no se va a quedar así!
Elena soltó una carcajada cargada de sarcasmo:
—Tu hijo acaba de golpearme con un balón. Iré al hospital en este mismo instante a pedir un parte médico, y con ese reporte, lo denunciaré por agresión física. No creas que por ser menor de edad se va a librar. Tú eres su madre; si él comete un delito, tú asumirás absolutamente todas las consecuencias legales.
Valeria apretó los dientes, escupiendo las palabras:
—¿A quién crees que asustas? Elena Navarro, no creas que mi hijo y yo somos un blanco fácil. ¿O prefieres que empiece a ventilar frente a todos los asquerosos detalles de tu pasado con mi hermano? ¡Quiero ver cómo vas a dar la cara en esta ciudad después de eso!
Cuando una mujer rehace su vida, lo que menos quiere es que le sigan recordando a sus ex.
Y siendo Elena la esposa de alguien tan poderoso y respetado como Alejandro, Valeria asumió que estaría aterrada de que algo manchara su reputación.
Pero Elena la miró con una frialdad sepulcral.
—Todo lo que pasó entre Diego y yo fue culpa suya, no mía. ¿De qué tendría que avergonzarme? Si tienes tantas ganas de esparcir chismes baratos, adelante, hazlo. Por cierto, me enteré de que Diego está intentando abrirse camino aquí en Ciudad del Norte. Si te dedicas a destruir la poca reputación que le queda, ¿crees que te lo va a agradecer?
Valeria se quedó sin palabras. ¿Desde cuándo Elena tenía una lengua tan afilada? ¡Y lo peor de todo es que sus amenazas no le hacían ni cosquillas!
El hombro le seguía punzando a Elena. Quería aprovechar lo que le quedaba de su hora de comida para ir al hospital a que la revisaran; no iba a perder más el tiempo con ese par.
Sin mirar atrás, dio media vuelta y salió de la peluquería.
Al notar que todos en el salón la señalaban y murmuraban sobre ella, la humillación de Valeria fue demasiada. Pagó la cuenta a regañadientes, agarró a su hijo que seguía lloriqueando y huyó hacia su casa.
Una vez en la mansión, Lisandro se cambió de ropa. Pero al recordar cómo Elena lo había humillado, volvió a soltarse a llorar a mares.
Valeria, con los nervios de punta, le gritó:
—¡Ya cállate! ¿Para qué te pones a patear el balón dentro del local? Y si ibas a hacerlo, ¡al menos hubieras apuntado bien para noquearla! Así no habría podido defenderse. ¡Eres un inútil, primero haces una estupidez y luego vienes a llorar!
Al escuchar los regaños de su madre, el resentimiento de Lisandro creció aún más.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico
Es una novela que vives en cada fibra, te sientes que formas parte de ella ya que las emociones están al mil, me encanta mucho....