Estela soltó un bufido, inconforme.
—Cecilia, ¿por qué no dices la verdad? ¿Qué hiciste para que Iván se doblara? ¿O… hay algo que te da pena contar? ¿No será que hiciste algún “sacrificio”? No hagas esas cosas, ¿eh? Preferimos no comer aquí a que tú te humilles —dijo, con toda la intención.
Ella estaba convencida de que Cecilia había tenido que “pagar” con algo.
Si no, ¿cómo iba a ceder Iván?
Berta, al ver que Cecilia quedaba en el centro, también metió cucharada:
—Sí, Cecilia. Cuéntanos. Todos tenemos curiosidad. Dices que “hablaron”, pero Iván no se ve como alguien que entre en razón.
Si entrara en razón, a ella le habría funcionado hablarle.
Y lo único que recibió fue una cachetada.
Entre lo que dijeron Estela y Berta, varios empezaron a dudar.
La maestra Mejía habló entonces:
—Yo le creo a Cecilia. No haría nada vergonzoso. No se hagan ideas. Y tú, Berta: la próxima vez, elige mejor el lugar. No tiene que ser caro; con uno normal basta. Así no nos pasa lo de hoy.
La maestra lo dijo a propósito, señalando a Berta.
Berta se puso roja de inmediato.
Todo esto era por ella.
Organizó la reunión mal y dejó a la maestra con un disgusto.
—Sí, maestra. La próxima lo voy a cuidar —respondió en voz baja.
Por dentro, estaba que ardía.
Esa noche, Cecilia se llevó todas las miradas.
Se suponía que la protagonista iba a ser ella… y terminó exhibida, regañada por la maestra y opacada por Cecilia.
Si lo hubiera sabido, ni la invita.
Con la maestra respaldando a Cecilia, aunque alguien sospechara, ya nadie se atrevió a decir nada.
Al rato, Iván volvió a entrar con su gente.

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