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Regreso de la Muerta: La Venganza de Cecilia romance Capítulo 259

Cuando Iván obtuvo el perdón de la maestra Mejía, por dentro soltó el aire.

Luego les dijo a todos:

—Compañeros, es la primera vez que vienen a mi crucero. Esta noche va por mi cuenta: todo es gratis. El alcohol, agarren el más caro; la comida, pidan lo mejor. Y cualquier entretenimiento del crucero: todo, sin costo.

En cuanto lo dijo, el salón estalló.

—¡No manches, qué buen trato!

—Todo gratis… el director Urbina sí se rifó.

—Al rato quiero ir a masaje. Aquí están buenísimos.

—Qué bueno que terminó así.

Iván, después de dejarlo claro, mandó que el personal llevara más platillos y bebidas.

En el salón todos estaban felices. Algunos tomaron de más y empezaron a ponerse medio borrachos.

Berta, con su copa de vino tinto, se quedó tomando sola.

De ser el centro de atención, pasó a quedar a un lado, y eso le pegó.

Los compañeros ahora rodeaban a Cecilia.

—Cecilia, ¿cómo le hiciste para que el director Urbina se doblara?

—Sí, cuéntanos. ¿A poco tú eres la que manda? —bromeó alguien.

—Hace rato Iván estaba insoportable… y ahorita parecía otro.

—Sea como sea, Cecilia fue la que nos salvó la noche.

Con tanta efusividad, Cecilia se sintió rara.

En el salón casi no figuraba; antes nadie le hacía caso.

Y ahora todos estaban encima.

Se inventó cualquier pretexto para zafarse.

—Berta, no te agüites. ¿Ella qué? El crucero lo propusiste tú, tú lo conseguiste. La que hizo todo fuiste tú, y ella nomás llegó a robarse el momento —Estela fue a “consolarla”.

Cecilia salió a la terraza. Casi no había gente.

El aire del mar estaba limpio. El viento nocturno soplaba fuerte y le revolvía el cabello.

El agua se veía salpicada de reflejos como estrellas. La vista sí valía la pena.

—¡Jefa! —se oyó un grito dramático a lo lejos.

Era Camilo.

—¿Todavía no te vas? —preguntó Cecilia.

—Si usted no se va, ¿cómo me voy a ir yo? Jefa, perdón por lo de hoy. Todo fue por culpa de ese perro de Iván.

—¿Tú qué tienes que ver con Iván?

Camilo torció la boca, se le acercó y le habló en voz baja.

—Nada. Este muelle es mío. Ellos se dedican a los cruceros, así que les conviene quedar bien conmigo. Me invitó a cenar y vine. ¿Quiere que lo mande a picar en pedacitos y lo aviente al mar para que se lo coman los peces?

***

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