Con la advertencia de Ignacio, Alonso no tuvo de otra que irse.
Podía molestar a Benjamín, pero con Ignacio no se quería meter: podía meterse en problemas.
—¿Estás bien? —preguntó Ignacio.
—Sí —contestó Benjamín, seco.
—Ese Alonso no tiene idea. Si tú quisieras, lo borras del mapa y ni cuenta se da. Tú nomás dime y yo me aviento lo que sea —soltó Ignacio, muy serio.
Benjamín no supo qué decir.
—¡Benjamín! —Cecilia llegó en ese momento.
—¡Cici! —los ojos de Benjamín se iluminaron.
—Se te olvidó el libro de matemáticas. Mamá me pidió que te lo trajera. Qué bárbaro —le dijo, y se lo encajó en las manos.
—Gracias —sonrió Benjamín.
—Hola, Cici —saludó Ignacio, bien sonriente.
Cecilia lo miró y se acordó de la vez que Ignacio había estado del lado de los que molestaban a Benjamín.
—No me mires así —dijo Ignacio, levantando las manos—. Ya cambié. Ahora ando con Benjamín.
Cecilia no dijo nada.
Volteó a ver a Benjamín y lo jaló a un lado.
—¿Qué onda con este? —preguntó.
—Ni idea. De la nada se me pegó.
—Como sea, te conviene. Si lo tienes cerca, cualquiera que quiera meterse contigo se la piensa dos veces.
—Sí, eso sí.
Cecilia se dio la vuelta para irse.
—¡Que le vaya bien, hermanita! —Ignacio le hizo señas con la mano.
—No soy tu hermana —le soltó Cecilia, de reojo.
Ignacio siguió con su papel.
—Eres la hermana de Benjamín, entonces también eres mi hermana. Y punto.
Cecilia se fue sin voltear.
Ignacio, por dentro, estaba feliz.
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