CAPÍTULO 10. Bipolaridad y compromiso
La tarde había sido larga, y el regreso a la mansión fue silencioso. Raven fingía cansancio, aunque por dentro no dejaba de repasar cada paso, cada gesto y cada mirada que había intercambiado con Rowan.
Y por supuesto, todos la observaban con una atención que se empeñaban en disimular.
Aurora solo hablaba de su marido que pronto regresaría de un viaje de negocios, y Ulises le metía la lengua a Rosela hasta la garganta delante de todos. A Raven le había dolido, no se engañaba negándolo, pero la rabia superaba al despecho por mucho.
Esa noche en la cena nadie se atrevió a decirle qué comer, y todo transcurría en una paz muy bien orquestada, hasta que Ulises no se pudo contener y lanzó aquella afirmación.
—Me contaron que estuviste por la empresa —dijo sin mirarla, pero Raven levantó la vista, frunciendo el ceño.
—¿Y por qué alguien te diría algo sobre mí? —preguntó poniendo a todos incómodos—. Fui a mi empresa. ¿Qué tiene mi empresa que ver contigo?
Ulises carraspeó con molestia y negó.
—Nada, solo que Tom Siegel es un buen amigo y…
—Y un mal empleado, por lo visto, porque no hay razón para que vaya dando razones de lo que hace la dueña de la empresa donde él es solo un trabajador más —lo interrumpió Rowan con tono gélido y Ulises lo miró con impotencia.
—Solo fue un comentario sin importancia —gruñó entre dientes y Raven vio cómo Rowan hacía una mueca.
—Entonces no es malicioso, solo es idiota —sentenció Rowan—. Lo voy a tener en cuenta.
Todos los ojos se giraron hacia él en un segundo y Ulises soltó el tenedor, que hizo un sonido tintineante al caer sobre el plato de porcelana.
—¿Y la empresa no es de Raven? ¿Tú por qué tendrías que tenerlo en cuenta?
—Porque seré yo quien la dirija cuando nos casemos —respondió su tío mirándolo a los ojos—. ¡Y a propósito de eso! Ya que nuestra última boda fue interrumpida, creo que lo más sensato es que terminemos lo que empezamos —añadió con una sonrisa—, ya ordené que comenzaran con los preparativos para la boda. Raven y yo nos casamos este fin de semana.
Hubo un silencio absoluto, como si todos hubieran olvidado cómo tragar. Aurora dejó de mover la cuchara y Ulises miró a Rowan como si acabara de anunciar su propia ejecución.
—Que ¿qué?
—Que nos casamos este fin de semana, y luego nos iremos a California por algunos días… ya saben, de luna de miel —dijo con sorna—. Pero primero lo primero —sonrió mirando a Raven—, es mejor si comenzamos de cero. ¿Rick?
Y Rick, siempre puntual como si lo hubiera ensayado, se acercó con una pequeña caja de terciopelo oscuro, y se la ofreció a Raven con una leve inclinación de cabeza.
La muchacha abrió la cajita con un gesto curioso, y dentro vio un anillo de diseño sencillo y antiguo, con un hermoso diamante rosa.
—Es precioso —dijo en un susurro porque no sabía muy bien qué sentir en ese momento.
Era tan distinto del que Ulises le había dado alguna vez, con un diamante que probablemente podía financiar una guerra, y totalmente exuberante. Sin embargo el de Rowan era...
—¿Por qué se siente tan familiar? —murmuró haciéndose la desentendid—. Juraría que...


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