CAPÍTULO 11. Mentiras y amenazas
Ulises se acercó a Rosela y le sujetó la barbilla con las manos como si de repente hubiera empezado a odiar esa voz fingidamente aniñada y esa estupidez elemental con que se expresaba siempre.
—¡Usa tus maldit@s neuronas, Rosela! ¡Los juntamos para que las dos herencias queden unidas! ¡Luego nos deshacemos de los dos y listo, yo soy el único heredero de la fortuna de los Crown y la de los Harrelson! —siseó Ulises con tono cruel—. Pero para matarlos, obvio hay que esperar un tiempo prudencial o yo seré el mayor sospechoso. ¡¿Y qué pasa si en ese tiempo prudencial la zorra de Raven se embaraza?! A ver, dime qué pasaría —le preguntó con fingida condescendencia.
—Que tú ya no serías el heredero —escupió Rosela.
—¡Qué bueno que te das cuenta!
—¡¿Y por qué no pensaste en eso antes?! —espetó ella.
—¡Porque el maldito paralítico está al borde de la muerte, lo dicen todos sus médicos! ¡¿Quién carajo iba a pensar que estaría tan meloso con Raven o que a ella se le iría toda la mojigatería junto con la memoria?! ¡Si es que no se quitan las manos de encima! —espetó furioso y Rosela se cruzó de brazos.
—¿Y no será que realmente estás celoso?
—¡No digas tonterías! ¡Lo que estoy es preocupado! ¡No puedo dejar que Raven se acueste con él! Casarse es una cosa pero lo demás…
Ulises apretó los puños con impotencia y se tragó lo que estaba pensando: que Raven solo podía acostarse con él, y que si tenía que embarazarse, más valía que fuera suyo y no de Rowan.
“Eso no será un problema”, se dijo internamente. A fin de cuentas Raven había estado enamorada de él por mucho tiempo.
La noche cayó sobre la mansión como una manta espesa y silenciosa mientras hacía sus planes, sin tener idea de que no era el único.
Casi a la medianoche, Raven estaba en su cuarto, todavía sin poder dormir. No saber en quién confiar era agotador. Se descalzó con desgana, se quitó los pendientes, y se sentó frente al espejo. Fingir ser una desconocida en su propia vida requería más energía de la que imaginaba.
Fue entonces cuando lo sintió, un leve crujido del suelo que de no ser por aquel estado de hipervigilancia jamás hubiera escuchado. El aire cambió, como si una sombra se hubiera deslizado por debajo de la puerta y ella se dio la vuelta.
—¿Rowan? —preguntó en voz baja, girando la cabeza.
Pero no. No era Rowan.
Ulises apareció desde un rincón oscuro del cuarto. Se movió con una agilidad sigilosa, como si hubiera hecho eso muchas veces, y antes de que Raven pudiera reaccionar, él ya estaba encima. La acorraló contra la pared, con una mano tapándole la boca, mientras usaba la otra para pegarla a su cuerpo.
—Shhh... tranquila, no grites —susurró junto a su oído—. Solo quiero hablar contigo.
—¡Suéltame! —gruñó ella contra su mano.
—No puedo… no puedo porque tú me amas, Raven. Siempre me has amado. Esto con Rowan es solo por dinero…
El corazón de Raven se le disparó en el pecho. Por un instante, la idea del pánico la rozó como una ráfaga helada, pero entonces la furia tomó el control. Le dio un fuerte empujón para apartarlo y la bofetada con que le surcó el rostro hizo eco en la habitación.


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