CAPÍTULO 13. Fiebre y sacrificios
Rick se hizo a un lado dando un paso decidido, mientras carraspeaba y murmuraba mentalmente un: “Qué pena, jefe, pero la señorita sin memoria es brava”.
Y Raven no perdió ni un segundo, empujó aquella puerta como si fuera un huracán y la cerró tras ella solo para quedarse medio muda y medio ahogada.
Él estaba en la cama, con el torso descubierto y empapado en sudor. Las sábanas estaban desordenadas, ¿por qué diablos estaban desordenadas si él no podía moverse?
—¡Si es que no te cuidan bien! ¡Dame cinco minutos y voy a torturar a Rick! ¡Sabe Dios si te resfriaste porque no te tapan bien! —rezongó entre dientes, acercándose.
Su rostro estaba rojo por la fiebre y tenía los ojos entrecerrados, luchando por no ceder al agotamiento. Aun así, cuando la vio entrar, forzó una sonrisa.
—¿Qué estás haciendo aquí, Raven? —preguntó mientras sus dientes castañeaban un poco.
—¡¿Cómo que qué estoy haciendo?! —replicó ella acomodándole las mantas—. ¡Cuidándote, eso es lo que hago! ¿O quieres decir que antes te dejaba morir?
Rowan trató de no reírse por semejante arranque, pero la verdad era que la presencia de Raven lo dificultaba todo un poco más. No sabía por qué se había enfermado, probablemente un resfriado como la gente común, pero ahora no podía ni cerrar los ojos y descansar en paz, porque si se dormía y se movía ella se daría cuenta.
—Voy a estar bien, solo es un poco de fiebre… —intentó disuadirla.
—¿Solo un poco? ¡Tú estás ardiendo como si hubieras dormido en el infierno! —le replicó ella, sentándose a su lado sin dudar.
—Y sin disfrutar de la diablesa.
—¡Eso tú ponte sucio a esta hora! —suspiró Raven pasando una mano por su frente. Y su preocupación era totalmente genuina, porque estando en aquella casa, solo Dios sabía qué cosas podían intentar hacerle Ulises y Aurora a aquel pobre hombre—. ¿Por qué no dijiste nada? ¿Desde cuándo estás así?
—Hubiera sido lindo vociferar en medio de la noche —murmuró él, con voz rasposa—. No es mi primera fiebre. Y no tienes que preocuparte tanto, el médico vendrá, él se encargará de mí. Tú solo… ve a descansar, le diré a Zulma que te lleve…
—No le vas a decir nada, que tú no me gobiernas.
Raven bufó con un gesto casi maternal, fue al baño contiguo y trajo un tazón con agua fresca, empapó un paño y lo puso sobre su frente como si supiera perfectamente lo que hacía.
—Raven, deja que el médico se encargue… —suspiró Rowan.
—¿Y también vas a llevar al médico a nuestra luna de miel? —replicó ella.
Él abrió un ojo, divertido.
“Buena salvada”, pensó Rowan.
El doctor carraspeó despidiéndose y Raven se sentó de nuevo en la cama, apretando los labios con un gesto pensativo. Daba igual si se acordaba de él o no, era el único que la estaba defendiendo de los bastardos de Ulises y su madre, y aunque ella no sabía por qué, en el fondo se lo podía imaginar: porque sabía que eran malas personas.
Debía ser muy duro vivir en aquella casa, con esos dos parásitos esperando en todo momento a que se muriera para heredarlo.
—Cierra los ojos y duerme un poco —le dijo con suavidad—. Yo voy a estar aquí.
Y Rowan obedeció porque el medicamento realmente era fuerte y la fiebre lo tenía agotado.
Raven escuchó cómo su respiración se iba normalizando y volvió a empapar el paño, lo pasó por su frente, por su cuello, y continuó bajando por su cuello y pecho. Su piel estaba húmeda, pero firme, con cada músculo marcado como si el destino se hubiera ensañado en conservarlo perfecto, a pesar de su parálisis.
No sabía si estaba limpiándolo o enfriándolo, pero mientras pasaba el paño, su mirada se desvió sin querer. O queriendo. ¿Quién sabía ya? El problema era que dejar de verlo era difícil, porque estaba más bueno que un condenado modelo de Calvin Klein.
Rowan parecía más rendido que dormido. Respiraba lento, con el pecho subiendo y bajando en un ritmo que le resultaba hipnótico, y ella bajó aquella manta con cuidado.
—No tiene nada de malo ser curiosa... —susurró para sí misma mientras pasaba saliva—. ¡Diablos! ¡Si pudieras mover todo esto, no tendrías sexo, tendrías sacrificios!

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