CAPÍTULO 15. Sospechas y emboscadas
Desde el mismo momento en que Raven había sabido que Ulises y Aurora pretendías casarla con Rowan Harrelson, su imaginación de las noches que podría pasar a su lado no eran precisamente halagüeñas; sin embargo y por loco que pareciera, acababa de salir de la primera con el corazón acelerado y ganas de repetirla.
Pero cualquier emoción que tuviera en ese momento fue cortada de raíz por el hombre que la estaba esperando al otro lado del salón, justo cruzando el pasillo. El problema era que tal como sabía que lo despreciaba, también sabía que no podía evadirlo.
Caminó sobre la alfombra con paso firme, y encaró a Ulises, que estaba plantado frente a su puerta como un guardián siniestro.
—¿Te acostaste con mi tío? —soltó él, sin preámbulo ni pudor.
Raven lo miró con incredulidad. ¿Qué clase de juego estaba jugando? ¿No que era una sosa mojigata? ¿Por qué el hecho de que ella se acostara con Rowan no era parte de su plan?
—No es tu problema, Ulises —le respondió, y trató de apartarlo con el hombro, pero él no se movió.
Al contrario, su voz la alcanzó justo cuando su mano tocó el picaporte.
—¡Es un inválido! ¡No puede tocarte! ¡Probablemente ni siquiera pueda…?
—¿Entonces por qué me preguntas si me acosté con él o no? ¿Si no crees que puede, entonces por qué estás tan preocupado? —replicó ella con expresión desafiante.
—¿De verdad crees que él te quiere? —espetó Ulises con sorna, porque al parecer no tenía otro ataque más efectivo, y Raven giró el rostro, con una mezcla de hartazgo y lástima pintada en sus ojos.
—Me quiere más de lo que tú sabrías querer a nadie —le dijo y sin esperar respuesta, se metió al cuarto con un portazo seco.
“¡Maldito infeliz, ¿qué estás planeando?”, pensó mientras pasaba el seguro, pero apenas había tenido tiempo de procesar todo lo que estaba pasando, cuando su celular comenzó a sonar. El número era el del abogado de su abuela, y algo en su estómago se encogió al verlo.
“¿Señorita Crown?” —Era la voz grave y pausada del señor Aberfort, el jefe del equipo legal de la empresa e íntimo amigo de su familia.
—Sí, soy yo, señor Aberfort. ¿Ocurre algo?
“Señorita, me han notificado algunos movimientos recientes de la empresa y... bueno, hay algo que no me cuadra. Los contratos de tres barcos con la naviera que trae las mercancías desde Portugal, se cayeron de la nada. No soy un hombre supersticioso, así que me temo que algo está pasando”.
Raven se quedó en silencio unos segundos, procesando.
—¿Está diciendo que alguien saboteó los acuerdos?
“No quiero ser alarmista, pero huele mal” respondió el abogado con una cautela que solo empeoró las cosas.
—Gracias por avisarme. Iré ahora mismo.
Raven apretó los puños y se dirigió al baño, arreglándose lo más rápido que podía, pero justo cuando estaba por salir entró otra llamada. Esta vez era Tom Siegel.
—Tenemos tres almacenes de mercancía perecedera varados en Portugal —explicó Tom señalando el documento—. Si no se trasladan en las próximas cuarenta y ocho horas, perderemos la mercancía y mucho, pero mucho dinero.
—¿Y qué ha hecho al respecto? —preguntó Raven, cruzando los brazos, con una mirada inquisidora que al parecer él no estaba esperando.
—Estamos buscando alternativas, pero la principal es llamarte para que me des una decisión —contestó Tom con tono desafiante—. Al fin y al cabo, tú eres la dueña.
—Y tú eres el CEO —le recordó ella con sequedad—. Si no puedes resolver esto, ¿para qué exactamente te contraté?
Tom entrecerró los ojos, mientras había sido la novia de Ulises, él había manejado la empresa como le había dado la gana y ella jamás había reclamado nada, ¿en qué punto había sacado los colmillos? Pero no alcanzó a responder, porque su asistente entró en ese momento con cara de estrés corporativo.
—La junta ya está reunida. Están esperando a la señorita Raven.
Y ahí fue cuando ella lo entendió: La urgencia, la llamada del abogado, la cancelación repentina de los contratos... era una emboscada. Tom Siegel había convocado a la junta para dejarla en ridículo, para hacer evidente que ella no sabía cómo manejar una crisis de su propia empresa.
Y por desgracia en eso tenía razón. Jamás había estado al corriente de las operaciones, solo había permitido que Siegel llevara todo.
Pasó saliva, tragándose la rabia, y entró al salón de conferencias con el mentón en alto, aunque por dentro sintiera que estaba caminando hacia un tribunal hostil. Pero justo cuando uno de los miembros se disponía a hablar, la puerta se abrió y la asistente volvió a entrar, aun más nerviosa.
—¡Esperen, lo siento! Es que falta un accionista —dijo y todos se giraron al mismo tiempo hacia la puerta para ver aparecer a aquel hombre, impecable con su traje oscuro, y una sonrisa que solo prometía muchos problemas.

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