CAPÍTULO 18. Negociaciones y acuerdos
Raven cruzó los brazos con calma mientras todos los ojos de la sala se clavaban en ella. Con el ceño levemente fruncido, pidió que le transfirieran la llamada al teléfono de la sala, porque a fin de cuentas aquello había sido organizado para probarla, y tenía que probarse.
No subió el tono de voz ni se alteró. Simplemente lo dijo, como quien pide que le pasen la sal en la cena.
—Ponlo en espera cinco minutos y luego pásalo a este teléfono —ordenó, y tomó el auricular como si fuera una espada recién desenvainada.
Los accionistas se removieron en sus asientos. Algunos ya parecían medio convencidos de que ella estaba jugando un papel, otros no sabían si aplaudirle o salir corriendo. Rowan, por su parte, seguía sentado como un rey al que nada le sorprendía. Solo la observaba con una leve sonrisa, como si se tratara de un espectáculo planeado desde el inicio; y las únicas palabras que volvió a repetir en voz baja antes de que el teléfono parpadeara de nuevo fueron: “No cedas”.
Cinco minutos después todos pudieron escuchar a aquel hombre en el altavoz.
“¿Señorita Crown?” La voz grave del dueño de la naviera irrumpió en la sala como un disparo seco. “Acaban de notificarme la rescición de los contratos con su empresa y me están congelando los adelantos en las cuentas... ¡Necesito una explicación! ¿¡Cómo es posible que haya cancelado dos años de contratos con catorce barcos!? ¡Eso no es para nada ético!
Raven no cambió de expresión, solo se acomodó mejor en la silla y respondió, con tono educado, casi amable:
—Bueno, señor Uldrich, creo que cancelar tres barcos a menos de setenta y dos horas de zarpar, tampoco es nada ético. De hecho es una violación de nuestros acuerdos, porque su negligencia me hará perdeer dinero. ¿Le parece poco motivo para una rescisión?
Hubo una pausa tensa y el silencio se cargó de electricidad. Los accionistas contenían la respiración, y Tom Siegel intentaba parecer impasible, aunque sudaba visiblemente bajo el cuello de su camisa.
“¿Qué…? No estaba al tanto de que se le hubieran negado tres barcos” replicó el hombre del otro lado, con un tono que pasó de altanero a ligeramente preocupado. “Debe ser un malentendido o algo...”
—Pues eso es asunto suyo resolverlo, señor Uldrich. A mí me llegó la notifocación de que mi mercancía no iba a zarpar y estoy actuando en consecuencia. Pero analizando su caso, creo que entonces usted y yo tenemos algo en común —dijo Raven con una sonrisa que no alcanzó sus ojos—. Ambos tenemos CEOs que toman decisiones sin consultarnos.
Todos los accionistas se giraron hacia Tom, incómodos. El comentario no era solo una indirecta para el dueño de la naviera, también era un golpe directo al estómago de Siegel, que se quedó completamente quieto, con la mandíbula apretada.
—Pero no se preocupe —añadió ella—. Yo ya me estoy encargando del mío.
El silencio volvió a caer como una sábana húmeda y la tensión en la sala se volvió casi insoportable. Se podía oír hasta el zumbido de la luz fluorescente del techo.
“Mire” dijo el hombre, ahora con un tono más conciliador. “Usted y yo sabemos que si cancela los contratos ahora, va a perder mucho dinero. No tiene sentido. Podemos renegociar”.
—¿Dinero? —repitió Raven, dejando escapar una risa corta y afilada—. Yo soy millonaria, señor Uldrich, no tengo miedo de perder un poco si eso significa conservar el control de mi operación. Pero por favor no me crea idiota, cancelar catorce contratos de dos años será la ruina para usted. Si yo pierdo, todos pierden. La diferencia entre usted y yo es que yo sí puedo darme el lujo de perder”.
Una exclamación sofocada se escapó de uno de los accionistas, y otro se tragó el sorbo de café con tanta fuerza que tosió. ¡Por supuesto que ellos no querían perder! Pero cuando todos, sin excepción, miraron a Rowan, este seguía con la misma sonrisa tranquila, como si todo esto fuera parte del plan.
“Señorita Crown, sea razonable…”

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