CAPÍTULO 19. Las cámaras, los cristales y la decencia
Tom se levantó de aquella silla como si lo hubiera picado una avispa en el trasero, y por supuesto que intentó defenderse. Apenas escuchó la palabra “despido” puso cara de ofendido; su corbata parecía apretarle el cuello más de lo normal, y su voz, que solía ser segura y autoritaria, salió un poco estrangulada.
—¡Eso es absurdo! ¡No pueden…! ¡No pueden simplemente votar y echarme así como así! —exclamó gesticulando—. ¡Necesitan una evaluación, una revisión formal, que la junta se reúna…! ¡Esto no es una dictadura!
—Por si no te has dado cuenta, tú mismo reuniste a la junta y hemos pasado la última hora evaluando tu desempeño que equivale a… cero, básicamente —replicó Rowan con sorna.
Y Raven ni siquiera se molestó en responder. En su lugar, levantó su mano derecha con tranquilidad, y con la izquierda, entrelazó los dedos con los de Rowan y levantó su mano también. Fue un gesto silencioso, pero más contundente que cualquier grito, porque los dos votos más importantes ya estaban a favor de ese despido. Raven por mayoría, Rowan por experiencia.
Los accionistas intercambiaron miradas, y uno a uno fueron levantando las manos. Hasta los más neutrales, los que solían hacerse los desentendidos, esta vez se alinearon con una claridad determinada.
Tom Siegel miró alrededor, incrédulo, como si aún esperara que alguien le diera la razón, o al menos una migaja de apoyo, pero nada.
—¿Y quién demonios va a sustituirme? —espetó con malicia, clavando los ojos en Raven.
—Yo. Yo asumiré la dirección de mi propia empresa. Ya era hora —respondió la muchacha sin alterarse.
El silencio fue inmediato, y incluso los que ya lo sabían por intuición, se quedaron quietos, esperando ver si lo decía en serio.
—¿Tú? —rió Tom, con un tonoseco y condescendiente—. No tienes experiencia como CEO. ¡Vas a hundir esta empresa en seis meses!
—Entonces es bueno que cuente con asesoría —respondió ella—. Rowan Harrelson será mi consejero empresarial. Y si alguno de ustedes desconfía de mí, espero que no sean tan tontos como para desconfiar de él.
Todos giraron hacia Rowan, que levantó una ceja y les dirigió una sonrisa perezosa. Algunos asintieron con nerviosismo, otros se mostraron aliviados. A fin de cuentas, Harrelson no era solo un nombre; era prácticamente una marca de éxito garantizado.
La cara de Tom Siegel se convirtió en una mezcla de frustración, enojo y, tal vez, un toque de miedo. Dio media vuelta y salió de la sala con pasos rápidos, como si cada uno le doliera más que el anterior, y cerró de un portazo feroz.
Sin embargo, bastó que la puerta se cerrara para que los accionistas comenzaran a felicitar a Raven. Las manos se extendían por todas partes, y todos se acercaban con sonrisas de alivio, como si acabaran de ser rescatados de un naufragio.
Y Rowan no tardó en levantar la voz por encima del bullicio.
—Damas y caballeros, todo esto está fantástico pero les aviso que por la prόxima semana se las van a tener que arreglar sin nosotros, porque mi esposa y yo estaremos de luna de miel —anunció y los aplausos que siguieron fueron más sinceros que los anteriores.
Sin embargo faltaban unos cuantos tragos fuertes para pasar el susto, así que los accionistas fueron saliendo de la sala, dejándolos solos en ese enorme espacio de cristal, que ahora se sentía más íntimo, casi cómodo.
El cuerpo de Raven se relajó en un segundo y dejó escapar un suspiro largo antes de girarse hacia Rowan.



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