CAPÍTULO 21. Espías y traiciones
Raven dejó escapar un suspiro dramático y acarició la tela del vestido que estaba usando y que era casi una obra de arte.
—Entonces supongo que lo bueno de no recordar quién soy, es que puedo cambiar de gustos —sentenció mientras daba una vuelta frente al espejo con aquel vestido tan hermoso—. Porque justo este me hace sentir como una diosa. ¡Creo que lo elegiré!
Rosela chasqueó la lengua con evidente desprecio, pero antes de que Raven pudiera responderle, aquella galería de espejos la hicieron notar algo, un reflejo diferente, casi oculto, una sombra detrás de una de las puertas de la galería… Ulises.
¿En serio?
Rosela frunció el ceño, visiblemente incómoda, pero no dijo ni una sola palabra para descubrirlo, en lugar de eso se giró con una sonrisa que no auguraba nada bueno.
—Pero mi vestido no es lo único que tengo que elegir, Rosela. Y como se nota que tú tienes experiencia en eso de seducir, quizás quieras ayudarme a elegir la lencería para mi noche de bodas. Nada blanco —dijo mirando a la diseñadora—. Quiero todo negro, transgresor, provocativo, sexy, ¡como debe ser!
La diseñadora palmeó emocionada y Rosela bufó con una expresión que era mitad fastidio y mitas desdén.
—¿Para qué te esfuerzas si a Rowan ni siquiera le debe funcionar? —espetó haciendo que Raven se quedara muda de la rabia.
Pero fue un segundo, solo un segundo antes de que su carcajada saliera, breve y confrontativa.
—¿Ah, sí? ¿Crees que a mi prometido no le funciona? —la increpó—. ¿Y entonces qué? ¿Eres tan solidaria que por eso estás de acuerdo con que yo me folle a tu novio?
Rosela se puso rígid, y por un momento, pareció que el oxígeno había desaparecido del cuarto.
—¡¿Qué dijiste?! —espetó.
—Tú me escuchaste perfectamente. ¿O me vas a decir que no sabías que Ulises está arrastrándose detrás de mí como un perro abandonado, intentando meterse en mi cama? —replicó Raven con descaro, y quizás eso era mucho más de lo que Rosela podía soportar, porque levantó la mano como si pensara que estaban en una telenovela y podía soltarle una cachetada dramática.
Pero antes de que cayera, Raven le detuvo la mano con firmeza y, sin pensarlo mucho, le dio un golpe directo en la cara que la mandó al suelo. Fue limpio, sin gritos ni histeria, solo un acto de precisión quirúrgica emocional que le dejó a la mujer la cara ardiendo y los ojos desorbitados de consternación.
Rosela se quedó en el piso, tocándose la mejilla y respirando entrecortadamente, sin poder creer que la modosita sumisa de Raven, que antes acataba todas sus malas sugerencias, la hubiera golpeado de verdad.
—Creo que nosotras no somos tan amigas —dijo Raven, ajustándose el vestido mientras el resto de las asistentes se quedaban congeladas—. Entonces ¿por qué piensas que tienes derecho a opinar sobre mi boda o sobre mi vida?

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