CAPÍTULO 23. Club y cartas
Quizás él tenía razón, quizás necesitaba más un maestro de vida que un tutor para su empresa, porque lo que hasta ese momento Raven no había imaginado, o no había logrado comprender, él se lo había mostrado con una sola palabra.
—¿Heredero? —balbuceó y él le hizo un gesto sugerente con los ojos.
—Lo que mi familia teme no es a mí —dijo con tranquilidad—. Es a que tú tengas un heredero.
Raven pasó saliva y su corazón empezó a latir demasiado rápido.
—¿Un heredero?... entonces eso es. —Esa era la razón por la que Ulises no quería que ella se acostara con Rowan—. Uno que se quede con la fortuna de los Harrelson. Supongo que esa es la verdadera pesadilla para ellos.
Él soltó una pequeña risa por la nariz, sin apartar la mirada de Raven.
—Y no es la única, porque la fortuna no es de los Harrelson.
—¿Cómo que no? —murmuró Raven sin comprender, pero Rowan tenía esa cara de quien ya había dicho demasiado.
—No te preocupes. Te lo explicaré después.
Raven parpadeó, confundida por la respuesta críptica, pero decidió no presionar. No había venido a interrogarlo, al menos no por eso, así que decidió enfocarse en su verdadero objetivo en aquella visita.
—Bueno… lo que quería preguntarte era si tengo alguna amiga —dijo él frunció el ceño—. Perdí la memoria, ¿recuerdas? Y preferiría no encargarle a Rosela ni la custodia de los baños de la boda. Entonces…
—Tienes una: Jessica —respondió él sin dudar ni por un segundo y Raven sintió un escalofrío.
Su amiga era la única persona que podría desenmascararlo en dos minutos si abría la boca, y aún así él no tenía miedo de traerla.
—¿Jessica? —repitió con cautela.
—Sí. Es muy cercana a ti, pero hasta donde sé tuvieron algún desacuerdo en las últimas semanas previas al accidente. Puedo tratar de contactarla.
La naturalidad con la que lo decía la desconcertó. No parecía preocupado en lo más mínimo por lo que Jessica pudiera decirle. ¿Era confianza? ¿Arrogancia? ¿O simplemente creía tener todo tan bien atado que no importaba?
Pero en ese momento Raven recordó perfectamente el motivo de su distanciamiento con Jessica: a ella no le gustaba para nada Ulises y se oponía tajantemente a su boda.
“¡Joder, si es que la única ciega era yo!”, pensó antes de asentir.
—Está bien, trata de traerla, por favor —le pidió y lo vio asentir con seguridad, aunque algo parecía diferente—. ¿Estás nervioso? —preguntó de repente—. La boda casi está aquí.
—Muy nervioso —admitió Rowan sin dudarlo y ella sonrió. Le gustaba cuando bajaba la guardia, aunque fuera solo un poco.
—Yo también. Pero, extrañamente… siento que estoy haciendo lo correcto.
Hubo un momento de silencio entre los dos, una pausa cómoda, como si el aire se hubiera espesado de tantas cosas no dichas. Raven se inclinó hacia él y le dio un beso suave en la comisura de los labios. Fue un gesto ligero, casi fugaz, pero suficiente para acelerarles el pulso a ambos.
—Nos vemos en la cena —murmuró, y se marchó sin mirar atrás.
Por suerte, porque los dos necesitaban mucho mantener aquel autocontrol.
—¿Por fin se durmió tu Bella durmiente? —lo provocó Tristan y Rowan se dejó caer en un sillón de cuero, suspirando como quien suelta un peso invisible.
—Cada vez es más difícil escaparme de la mansión —murmuró.
—¡Pues imagínate cuando te cases! —apuntó Alaric—. Como no le des juguito de sedantes no sé cómo vas a hacer para venir aquí.
—Naaaa, él la va a dormir con otro tipo de juguito —se carcajeó Tristan y Rowan le pegó un manotazo en la nuca.
—¡No seas baboso! —rezongó—. Anda, reparte.
Los cuatro se echaron hacia adelante, tomando sus cartas, y Cedric fue el primero el apretar el detonador.
—¿Y entonces? ¿Quién va a ser tu padrino de bodas?
—No lo he decidido —respondió Rowan.
—¡Pero si la boda es en dos días! —se quejó Cedric, escandalizado—. ¿Piensas improvisar con el jardinero?
—Tienes tres opciones frente a ti —agregó Tristan, acomodando el mazo sobre la mesa—. Y los tres somos demasiado orgullosos como para suplicarte, así que decide.
Rowan sonrió con ese gesto ladino que usaba cuando estaba por hacer algo muy suyo, muy Harrelson, y se encogió de hombros.
—Entonces dejemos que las cartas decidan.

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