CAPÍTULO 24. Un Club de Reyes y una amiga sincera
El juego en el Club avanzaba en un silencio cómodo, como los que solo se dan entre amigos que han estado en todas: negocios turbios, madrugadas borrachas, peleas a puño limpio por orgullo o lealtad, y decisiones que podían haber destruido imperios… pero no la amistad entre ellos.
Eran más que amigos.
Se conocían desde hacía años, desde mucho antes de que todos fueran multimillonarios con jets privados y secretos enterrados en media Europa. Habían crecido juntos en internados de élite, se habían salvado el pellejo mutuamente más veces de las que podían contar, y aunque cada uno era un desastre a su manera, la lealtad entre ellos era absoluta.
Con ellos Rowan jamás había tenido que fingir, habían estado a su lado esos primeros seis meses de parálisis verdadera, en las cuatro operaciones y en cada fisioterapia hasta que había empezado a moverse de nuevo. Y sabía que contaba con todos para su venganza.
La baraja de cartas era casi un ritual para ellos. No se trataba solo de jugar: eran cuatro malditos adictos al póker, no por las fichas ni por el azar, sino por lo que les recordaba. Cada partida era como volver a casa, al internado donde habían aprendido a mentir con la cara, a leer intenciones en el temblor de una ceja, a guardar secretos como si fueran cartas marcadas.
Ahí se habían hecho hombres. Ahí se habían hecho hermanos.
Y por supuesto que cada uno tenía su carta.
Rowan era el Rey de Espadas. Siempre había sido el más calculador, el más reservado, el que pensaba tres jugadas antes de mover. Y también era el que nunca mostraba debilidad. Nunca.
Cedric era el Rey de Bastos. Bravucón, impulsivo, con un instinto de protección que lo volvía peligroso. Si había que romperle la cara a alguien, él ya se estaba quitando la chaqueta.
Alaric era el Rey de Oros. El cerebro financiero. Su mundo eran los contratos, los dividendos, las acciones en bolsa. Tenía la frialdad de un témpano y la dureza del acero, y si alguno caía, Alaric era el que sacaba la chequera... o desaparecía los documentos comprometedores.
Y Tristan era el Rey de Corazones. Silencioso, profundo, con una brújula moral implacable y un corazón de condominio donde cabía cuanta mujer le pasara por delante. Era el más difícil de leer… y el más difícil de engañar.
Tristan alzó una ceja, divertido. Partió el mazo con una sola mano y empezó a repartir lentamente, como si cada carta llevara el peso de una promesa. Rowan sabía que fuera quien fuera al final su padrino, estaba en buenas manos. Porque si algo había aprendido de esos tres idiotas con los que había cruzado medio mundo, era que cuando uno de ellos apostaba, los otros se jugaban la vida sin preguntar por qué.
El juego fue juugado, el ganador fue premiado y los planes fueron hechos. Luego no había más que decir.
Rowan volvió a la mansión justo cuando la madrugada comenzaba a caer. El aire fresco de la noche se colaba por las ventanas entreabiertas y él se detuvo en la habitación donde Raven dormía. Se acercó con cuidado y le acarició el cabello con suavidad, deslizando sus dedos entre los mechones oscuros que reposaban sobre la almohada.
“Abuela, sé que estás aquí de alguna manera. Y honestamente no sé en qué estabas pensando cuando acordaste un matrimonio con los Harrelson pero… quiero creer que cuando lo hiciste estabas pensando en Rowan y no en el cabrón de Ulises ¿verdad?” Su voz se quebró al final, pero el susurro la reconfortó.
Rowan Harrelson la estaba engañando como el resto de su familia, pero por experiencia propia Raven sabía que a veces había mentiras que no tenían intención de lastimar. Algunas se trataban de supervivencia y otras de protección. Y aunque no sabñia cuál era el caso de Roean, al menos quería creer que con él estaba a salvo.
Sin embargo la verdad fue que no pudo meditar mucho sobre todo eso, porque apenas había terminado de ponerse el vestido cuando alguien tocó suavemente la puerta. Su corazón dio un vuelco al oír una voz familiar, y abrió la puerta apresurada para ver a Jessica de pie al otro lado. Su amiga venía con esa sonrisa cálida que siempre había sabido darle en los momentos difíciles.
Se abrazaron con fuerza, como si quisieran recuperar el tiempo perdido y transmitir todo el apoyo que necesitaban. Raven sintió que podía respirar un poco mejor con Jessica ahí, y ninguna dijo nada progundo mientras ella la ayudaba a maquillarse, peinarse y ponerse las joyas carísimas que iban a juego con su vestido.
Pero finalmente Raven sabía que tenía que tocar el tema más difícil con ella, porque ya le habían informado de su accidente y de su pérdida de memoria.
—¿No hay nada que quieras decirme sobre esto? —preguntó con voz entrecortada, y Jessica la miró con ojos sinceros, esos que preferían que le doliera antes que mentirle.
—¿Y si te dijera que el plan original era que te casaras con Ulises?

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