CAPÍTULO 26. Bailes y fantasmas
¡Era una maldit@ tortura no poder restregarle hasta los pensamientos, pero estaban en la posición más pública posible y Rowan no podía dejar que nadie descubriera su secreto todavía.
Después de aquel beso que hizo sonrojar hasta a las señoras mayores, vinieron las felicitaciones, las copas alzadas, los brindis, y las sonrisas fingidas y verdaderas por igual. Había quienes celebraban con sinceridad, y otros que brindaban como si tragarse el champán fuera la única forma de pasar el trago amargo de ese matrimonio apresurado.
Raven, todavía sobre una nube entre la emoción y la incertidumbre, se aferró a la mano de Rowan mientras los invitados les deseaban suerte, amor y, cómo no, bebés. Y él sonreía con ese aire despreocupado que usaba como armadura, pero en sus ojos había algo más… algo que solo ella podía ver.
—¿Lista para nuestro primer baile, señora Harrelson? —le preguntó Rowan sin un solo rastro de vergüenza.
—Solo si me prometes que vamos atropellar a unos cuantos con tu silla —respondió Raven, arqueando una ceja.
—Jodido le aplastaré los dedos a Ottavio y a Ulises. ¿Te apuntas?
—¡Como la primera! —exclamó ella sin dudarlo.
Rowan soltó una carcajada y la llevó con él hacia el centro de la pista. No hubo vals tradicional ni coreografía ensayada. Ella simplemente se sentó en su regazo y, con una habilidad sorprendente, el nvoio empezó a mover su silla por la pista como si fuera parte del espectáculo. La música era suave, casi mágica, y la gente se apartaba para dejarles espacio, observando con sonrisas cómplices.
—Te amo —le murmuró él, sin adornos ni dramatismos, y raven abrió la boca pero ni un solo sonido le salió—. No sé por cuánto tiempo durará esto, no sé qué vendrá mañana… pero mientras estés conmigo, vas a ser feliz. Eso sí te lo prometo.
Raven lo miró a los ojos, sorprendida. Sentía el corazón agitado, no solo por el baile ni por las palabras, sino por la intensidad con que él lo decía, como si estuviera abriendo una puerta que ella no estaba segura de querer cruzar.
—¿Y si no solo quiero ser feliz? —murmuró con la voz un poco temblorosa.
—Entonces vamos a destruir países, intentar nuevas religiones o derribar los mercados mundiales. Tú solo dime qué quieres y yo lo conseguiré para ti.
Ella sonrió, aunque por dentro las palabras se le enredaban. Sabía que no debía permitir que esas cosas le afectaran… pero ahí estaba, sintiendo un calor en el pecho que no tenía nada que ver con la emoción del momento ni con los reflectores del jardín.
Así que trató de desviar el tema todo lo posible y eso incluía por supuesto hablar mal del perro de Ulises. Después de dar una vuelta más, Raven apoyó su frente contra la de Rowan y le hizo un guiño.
—¿No te parece raro que Ulises y sus padres estén tan… tranquilos? —le preguntó en voz baja—. Como si nada de esto les importara. Ningún escándalo. Ningún grito. ¿Ni siquiera un discursito venenoso?
Rowan asintió con la mandíbula ligeramente apretada.
—Están como el ojo de la tormenta, silenciosos, serenos… mientras algo más se está cocinando. Tarde o temprano, uno de ellos va a estallar. Y cuando lo haga…
—No voy a dejar que nos molesten —interrumpió Raven, decidida.
Sin embargo mientras aquel baile terminaba, y justo cuando creía que podía tener al menos una noche de tregua, vio la expresión de Rowan cambiar. Su sonrisa se tensó, sus ojos localizaron algo —o a alguien— entre la multitud, y cada músculo de su cuerpo pareció a punto de romperse aun involuntariamente.
—Oh, cariño, yo nunca necesito invitación —sonrió Cecilia, dirigiéndose a Rowan sin siquiera mirar a Raven—. Tú y yo tenemos que hablar.
Rowan tragó saliva, incómodo por primera vez en toda la noche. Su cuerpo se tensó, y la única mano que tenía permitido mover en público se hizo un puño.
Cecilia era sinónimo de problemas en todos los sentidos, pero aunque estaba tentado a levantarse retorcerle el cuello, eso habría echado por tierra todo su sacrificio de los últimos dos años.
—Alaric —dijo, sin despegar los ojos de Cecilia—, llévate a Raven, por favor.
—¿Qué? —Raven lo miró, indignada—. ¡No! ¡Yo no me voy a ir!
—Solo será un momento, por favor. —Rowan le dedicó una mirada de advertencia que desentonaba con su usual cortesía—. No quiero que ella te moleste. Déjamelo a mí.
Raven apretó los labios por un segundo, pero no dijo ni una sola palabra. La sonrisa de decepción que Rowan vio en sus ojos era más que suficiente. Ella se dio la vuelta y le hizo un gesto a Alaric para que ni siquiera intentara tocarla, solo alcanzo dos copas de champaña de un mesero que iba pasando, se bebió una de un tirón y se llevó la otra mientras mascullaba algo sobre los “malditos hombres”.
Apenas ella se alejó, Cecilia se acercó a Rowan y sin decir palabra se sentó con descaro sobre sus piernas.
—¡Quítate! —le dijo él en voz baja, tratando de no hacer una escena en su propia boda.
—No quiero —sonrió ella, pasándole los brazos por el cuello—. ¿Sabes cuántas veces tuve pesadillas con esto? Verte casado… con otra. Pero aun así, sigues siendo mío.

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