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REY DE ESPADAS. La novia forzada romance Capítulo 28

CAPÍTULO 28. Celos y represalias

—¡Cedric! —gritó Rowan con la voz tensa y un segundo después Cedric apareció justo a su lado, como si hubiera estado esperando detrás de un arbusto, trajeado y serio como siempre, pero con los ojos encendidos de advertencia.

Y la verdad era que no necesitaba que le dieran ninguna orden, porque estaba bastante seguro de que Rowan ya había dicho todo lo que tenía que decirle a Cecilia.

—Vamos, muñeca —le dijo tomándola del brazo con firmeza—. Este numerito ya dio lo que tenía que dar.

Cecilia se giró hacia él, con esa sonrisa suya de superioridad y un tono de evidente desprecio, porque de todos Cedric era el que menos la había tolerado siempre.

—Suéltame… ¡Suéltame, Cedric! ¡Sé que tú solo quieres protegerlo, pero no seas obtuso! —le susurró entre dientes, tan cerca que él pudo oler su perfume caro—. ¡Yo soy lo mejor que le podría pasar a Rowan! ¡Siempre lo he sido!

Pero Cedric arqueó una ceja, como si no pudiera creer lo que acababa de oír.

—¿Tú? ¿Lo mejor? —soltó una carcajada seca—. Cecilia, tú eres la cucaracha voladora perfecta: apareces de la nada, chillas un poco y logras que todos miren a otra parte por un segundo. Pero no te equivoques, para él no eres más que eso: una distracción desagradable.

La cara de Cecilia se torció, pero no dijo nada más. Cedric la guió con firmeza pero sin brusquedad, como quien escolta a un aspirante a presidente que perdió su puesto.

Rowan respiró profundo, cansado, pero aún con la mirada fija en un solo punto: Raven.

Ahora estaba junto a la mesa de postres, copa en mano, riéndose con Jessica mientras alguien le ofrecía un nuevo cóctel rosa con escarcha en el borde. Se veía espectacular, pero había algo en su risa que no sonaba auténtico, y eso le dolía más que mil reproches.

Se acercó, en silencio, sin querer llamar la atención, pero Raven lo vio desde lejos y le levantó la copa con sarcasmo.

—¡Mira tú! El novio volvió —dijo, sonriendo sin alegría—. ¿Ya terminaste tu reencuentro amoroso o quieres que te dé espacio?

—Eso no es lo que estaba pasando, Raven —respondió Rowan, sin entrar al juego.

—¿Ah no? ¿Entonces la historia de amor de tu vida solo te estaba calentando la bragueta para cuando yo quisiera sentarme en ella otra vez?

—¿Estás celosa? —preguntó él con tono impenetrable, pero Raven ladeó la cabeza con impotencia. Si le hubiera dicho que recordaba todo y tenía fresca la traición de Ulises, quizás lo habría entendido, pero de momento era lógico que pensara que eran solo celos.

—¿Vas a decirme algo serio o te limitarás a tratarme como si fuera estúpida? —lo increpó sin una sola nota de amabilidad en la voz y Rowan respiró hondo.

—Estás bebiendo demasiado.

—Qué observador eres.

—No estoy diciendo que no bebas. Solo… quédate cerca de Jessica si vas a seguir haciéndolo. Es tu amiga, preferiría que no te separes de ella.

Jessica le levantó los pulgares a modo de aprobación, pero Raven solo le dirigió una sonrisa venenosa.

Llegado el momento de lanzar el ramo, todas las mujeres solteras se reunieron entre risas y codazos frente al escenario decorado con flores blancas. Raven, de pie con el ramo en la mano, miró por encima de sus hombros y luego bajó lentamente los brazos. Caminó con paso firme y elegante hasta donde estaba Cecilia, que ya se había reacomodado en un rincón con una copa de vino y la sonrisa fingida.

Raven le estampó el ramo contra el pecho y se acercó ella para susurrarle.

—Felicidades —dijo con tono gélido—. Y gracias por tu inoportuna intervención. Así no tuve que perder tiempo en descubrir con quién me casé.

Cecilia abrió la boca, pero solo lo salió una sonrisa satisfecha. Y Raven se giró sobre sus talones sin esperar respuesta.

—La fiesta terminó para mí —anunció, más para sí misma que para los demás, pasando junto a Rowan—. Que sigan bailando los que todavía creen en cuentos de hadas.

Rowan la vio entrar a la casa sin mirar atrás. Por un instante quiso seguirla, pero algo en su postura le advirtió que necesitaba estar sola. O mejor dicho, que no quería estar con él.

Raven llegó a la habitación con pasos desordenados, tambaleándose un poco. Cerró la puerta con un golpecito suave, más simbólico que funcional, y se dejó caer en la cama aún con su vestido de novia. Estaba enojada, estaba frustrada, y lo peor era que todo eso lo sentía contra sí misma.

—¡Maldición, eres pésima eligiendo hombres! —murmuró, arrastrando la lengua por el alcohol—. Primero Ulises, ahora Rowan… todos son igual de decepcionantes.

Sus manos buscaron a tientas quitarse los zapatos, pero terminó arrojando uno contra la pared con frustración. El otro quedó colgando de un dedo y ella sintió que estaba a punto de estallar.

—A la mierd@ con todos! ¡Aquí nadie se va sin pagar! —dijo, arrastrando las palabras mientras salía al saloncito privado donde ya estaban las maletas de la luna de miel y una nueva silla de rudas para Rowan—. ¡Nadie!

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