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REY DE ESPADAS. La novia forzada romance Capítulo 31

CAPÍTULO 31. Besos y peligro

Rowan tiró de su brazo con un gruñido suave y Raven se pegó a su cuerpo al instante, encajando como si fuera lo único real en aquel momento difuso. Sintió sus brazos rodeándola antes de que bajara la cabeza para tomar su boca en un beso intenso, un beso posesivo, lleno de deseo contenido, como si quisiera dejar una marca invisible en su piel.

La apoyó contra una pared del avión privado y con una mano le sostuvo la barbilla, asegurándose de que lo mirara.

—¿Estás conmigo, cachorrita? —preguntó, con la voz baja y firme.

Ella parpadeó, con una sonrisa borrosa, y susurró, casi como si no estuviera segura:

—Creo que... esto es un sueño muy delicioso.

Rowan sonrió contra sus labios y le susurró:

—Si es un sueño, quiero que sea el más dulce que hayas tenido. Pero necesito que estés aquí, conmigo, despierta.

Raven cerró los ojos cuando sintió sus labios rozar su piel, bajando desde su boca hasta su cuello, dejando un rastro de caricias tibias y suaves. Intentó desperezarse… ¡pero no quería!

Este Rowan le gustaba más que el Rowan real, y no porque pudiera moverse ¡que era fantástico que pudiera moverse…! Sino porque ese seguro no se dejaría manosear por la cusca sinvergüenza, descarada, impres…

Pero en cierto punto su cerebro solo se concentró en aquellas caricias y borró todo lo demás de su mente, incluyendo a Cecilia.

Gimió desesperada cuando él la tocó con deseo, arrancando la ropa sin detenerse y explorando cada curva como si quisiera memorizarla.

—Me encanta tu boca —susurró Rowan mientras los restos de aquel vestido desaparecían—. Desde la primera vez que te vi, no puedo dejar de imaginarla, no puedo imaginar cómo sería sentirla...

Raven pasó saliva y sus manos fueron menos temblorosas mientras le quitaba la camisa.

“¡Joder, qué bueno está…” y ese era el pensamiento menos confuso que tenía.

Sus dedos llegaron hasta el cinturón y ahí mismo hasta se le olvidó que estaba borracha y que era virgen. Se lo quitó con un movimiento fluido y hasta dejó de respirar mientras le abría la bragueta, botón a botón.

Y si Rowan estaba completamente embobado con el aquel cuerpo cubierto por una pequeña lencería blanca, Raven estaba que babeaba viendo cómo los cuadritos de Rowan descendían hasta… hasta…

—La bestia… —murmuró sin pensar y Rowan ahogó una risita descarada. Sus manos la recorrieron, haciendo que Raven levantara una pierna y apoyándola en su cadera.

Sus dedos se colaron debajo de sus bragas, tanteando aquella humedad que escurría de su sexo, y un segundo después uno de sus dedos se deslizaba en su interior.

—¡Ah…!

Y eso fue todo lo que se escuchó, un jadeo corto y lleno de necesidad mientras Raven se acostumbraba a la invasión. Rowan movió una mano con suavidad, provocando en ella sensaciones que parecían a medio camino entre el sueño y la realidad. La sentía temblar, medio reír, medio suplicar, y cuando un segundo dedo le siguió al primero, la vio echar la cabeza hacia atrás, con los labios entreabiertos y desesperados.

Y eso bastó para despertar a la bestia… a la mala de verdad, esa que Rowan llevaba dentro bien oculta porque era posesiva y dominante hasta la toxicidad.

—¡Maldición, Ravenm, luego no digas que no lo pediste! —gruñó sujetando su cara y haciendo que lo mirara a los ojos—. ¿Cómo me llamo? —espetó en un intento desesperado de saber si estaba presente—. ¿Quién soy yo?

—Rowan Harrelson, mi esposo a punto de estrenar, y por cierto jodí tu silla de ruedas por ser tan puto…

Y lo que siguió fue un beso de esos que dicen: ahora te voy a comer.

¡Al diablo la champaña, ella sabía quién era él!

Hundió la lengua en su boca con un beso dominante y le dio la vuelta sobre la cama para quedar sobre ella.

La lencería desapareció para dar paso a unos pechos pequeños y deliciosos, y Rowan los metió en su boca, haciéndola arquear la espalda con desesperación. Una de sus manos alcanzó la de Raven y la llevó a su boxer, viendo cómo las pupilas de la muchacha se dilataban mientras lo tocaba.

Era grande, fibroso, suave como un guante de terciopelo y recio como… como…

—¡Eso no va a entrar…! ¡La cachorrita va a morir en el intento…! —jadeó mientras lo sentía restregarse contra su sexo, pero una mano de Rowan sujetando su cara la detuvo.

—La cachorrita fue la que lo pidió.

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