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REY DE ESPADAS. La novia forzada romance Capítulo 32

CAPÍTULO 32. Sexo y sonrisas

Era como un huracán, como si estuviera bailando en la fuerza de un viento que hacía todo girar, sus sensaciones, sus emociones, su cordura. Pero en medio de todo eso estaba él, mirándola con aquella intensidad devastadora, como si quisiera asegurarse de que estuviera presente, aunque ella misma dudara de eso.

—¿Te gusta, cachorrita? —murmuró mientras la sentía vibrar bajo su cuerpo.

Acarició su clítoris mientras su boca se concentraba en uno de sus pezones, y la sintió gemir con desesperación.

—Sí... —respondió Raven, con una mezcla de desconcierto y placer—. Por favor no pares… juro que me voy a acordar mañana… juro que me voy a acordar…

Le gustaba cómo el calor de su cuerpo se pegaba al suyo, cómo su cercanía despertaba sensaciones profundas, cómo aquellos pequeños estremecimientos recorrían su piel, haciéndola gemir contra sus labios mientras lo besaba.

Todo en ella vibraba desesperadamente, y Rowan tiró de ella hacia el borde de la cama, subiendo sus muslos sobre sus caderas. Sus dedos rozaron con fuerza esos lugares donde sabía que su piel respondía, haciendo que ella arquease la cabeza y jadease, atrapada entre el sueño y la realidad.

Su sexo latía, Rowan podía sentir la presión de sus paredes latiendo a cada segundo, como si quisiera devorar algo. La levantó por la nuca durante un instante, enredando los dedos en su cabello para besarla y asaltó su boca con urgencia. Su erección presionó entre sus piernas, y rozó su clítoris con el pulgar, comenzando de nuevo aquellas caricias rápidas que la hacían temblar, gemir, retorcerse al borde del orgasmo a cada segundo.

Apenas sintió el pequeño empujón con que la penetraba, no había incomodidad ahí, solo una sensación de saciedad desesperante, como encontrar exactamente el pedazo que le faltaba.

—Eso es… eso es cachorrita, vamos despacio —sonrió él aunque estaba al borde del colapso por sobreexcitación—. Maldición, estás empapada —suspiró mientras empujaba un poco más y la veía abrir la boca de golpe mientras sus pupilas se dilataban.

—¡Oh, Dios!

Cada espasmo de su sexo se tragaba centímetros preciosos. Raven sentía aquel dolor plano extenderse por sus caderas, invadir su vientre, y aun así llenarla de placer mientras seguía empujado.

—Eso cachorrita, lo estás haciendo bien… ¡Ah…! ¡Lo estás haciendo muy bien…! —jadeó Rowan son saber cómo demonios se estaba controlando tanto.

Salió despacio y volvió a empujarse con una fuerza que esta vez sí el arrancó un grito.

—Perfecto… murmuró mientras se hundía en ella una y otra vez, con un ritmo creciente, feroz, desesperado.

La levantó contra él y sintió el sudor envolverlos en un segundo, las ganas, el deseo, aquella espiral de pasión donde los besos sellaban todo lo que no se decía.

Le faltaban brazos para envolverla, piel con qué rozarla, el mundo parecía pequeño para ellos y lo único que no le faltaba a Rowan Harrelson era deseo con el que hacerle el amor a aquella mujer.

Vio el pequeño hilo de sangre corriendo sobre la sábana y sonrió porque ella ni se había enterado, solo se mordía los labios, jadeando de placer mientras él seguía masturbándola hasta hacerla llegar al borde del orgasmo a cada segundo.

—No hace falta, yo mismo llevaré a mi esposa. ¿Ya está todo listo? —preguntó y el hombre le hizo una leve inclinación de cabeza.

—Todo con la mayor discreción, señor Harrelson, tal como lo pidió —le dijo el hombre—. El viñedo está listo, al personal se le dio vacaciones y solo estarán ustedes en la villa.

—Perfecto. Nos vamos entonces —accedió Rowan y bajó la escalerilla con su señora esposa durmiendo plácidamente entre sus brazos sin enterarse de la parte buena del chisme.

Desde el accidente y con todo lo que había pasado, Rowan había sabido que necesitaba personal de confianza para que lo ayudaran y lo protegieran. Personal que consistía en los dos pilotos de su avión privado, Rick, su doctor de cabecera que además era quien lo había operado las cuatro veces, y su fisioterapeuta que era la que lo había hecho caminar casi a punta de latigazos.

En ello podía confiar con los ojos cerrados, porque eran gente leal que habían estado a su lado a pesar de todo.

Rowan sonrió mientras conducía su auto de cristales polarizados con Raven dormida en el asiento del copiloto, y solo como broma, o porque quizás necesitara continuar con aquel juego un tiempo más, ordenó que le llevaran la silla de ruedas junto con el equipaje.

Cuando llegó al viñedo en California, ese que había comprado a nombre de Tristan para que nadie lo asociara con él, acostó a Raven en la cama de la habitación principal y se sentó en su silla junto a la ventana, sirviéndose una copa de licor y mirándola con una sonrisa traviesa.

—Esto se va a poner muy interesante cuando te despiertes…

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