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REY DE ESPADAS. La novia forzada romance Capítulo 33

CAPÍTULO 33. Burlas y pincitas

Raven se despertó con la cabeza embotada, la garganta seca como el desierto y el cuerpo… bueno, el cuerpo dolía en sitios que ni sabía que podían doler. Parpadeó varias veces, entrecerrando los ojos por la luz que se colaba sin pudor entre las cortinas abiertas, y paseó los ojos alrededor.

El reloj sobre el tocador de la habitación marcaba el mediodía. La resaca que tenía era real, pesada, y perfecta.

La habitación era enorme, iluminada, de cortinas blancas, lujosa pero clásica… y con un esposo incluido.

Raven frunció el ceño cuando lo vio.

Rowan estaba sentado en su silla de ruedas, a medio metro de la cama, leyendo un libro que estaba colocado sobre un trípode… como si nada. Traje de lino blanco, sin arrugas, peinado, perfumado…

Ella se enderezó de golpe, o lo intentó; y un gemido de dolor escapó de su boca cuando sintió el tirón en los muslos, en la espalda… y en ese lugar específico del que era mejor no pensar demasiado.

¿Qué demonios había pasado la noche anterior?

A su mente comenzaron a llegar fragmentos, gemidos, palabras, olores…

—¿Me cambiaste la ropa? —murmuró confundida al ver que ya no llevaba el vestido de novia, sino una camiseta suya, gigante, que le cubría hasta los muslos.

Rowan alzó una ceja, sin apartar la vista del libro.

—Buenos días, esposa —dijo con voz calmada, como si ella no acabara de gritarle que había sido víctima de una invasión textil.

Pero que la hubiera cambiado de ropa significaba que… bueno que la noche anterior… que ellos…

—¡Me acuerdo de todo! —soltó Raven, llevándose una mano a la cabeza y la otra al corazón—. ¡De la pared, del avión, de tu… bestia! ¡De todo!

Rowan giró su silla hacia ella con calma exagerada y la miró directamente a los ojos con una inocencia que habría desarmado a un cardenal del Vaticano.

—Raven —dijo con voz grave—, no sé de qué estás hablando. ¿Cómo se te ocurre que te cambié de ropa? No puedo levantarme de esta silla. Ya lo sabes.

Ella lo observó con los ojos entrecerrados, escaneándolo de arriba abajo. Él parecía muy tranquilo. Demasiado. Pero algo no cuadraba, su mente le decía que era real… ¿o no? estaba borracha… ¡pero no tanto! ¡Se acordaba de todo…! ¿O lo había soñado?

Se puso de pie tambaleándose un poco y, al dar el primer paso, soltó otro quejido.

—¡Ay! ¡Joder!... ¡Me duele todo el cuerpo! —aclamó meneando las caderas mientras sus muslos se restregaban uno contra el otro.

—Rowan, yo no estoy loca. ¡Anoche tú y yo hicimos… hicimos…!

—¿Qué?

—¡Eso! ¡Hicimos eso! —exclamó Raven mientras la cara se le ponía roja de la vergüenza.

—Pues “eso” suena grave. ¿Estás segura de que no fue un sueño… con efectos especiales? —la increpó.

Raven respiró hondo y se dio cuenta de que aun con toda la discusión, el mareo no iba a desaparecer.

—Maldit@ resaca —gruñó dando media vuelta —con más dramatismo que equilibrio— y salió de la habitación hecha una furia.

—¡Cosita! —se burló Rowan, pero de inmediato movió su silla para perseguirla.

Raven caminó por el pasillo de madera pulida, mirando alrededor como un depredados enjaulado, pero en lugar de encontrar a las chicas del servicio, lo que encontró fue una cocina que parecía de revista. Al otro lado del ventanal se extendían los viñedos como un tapiz verde infinito, y Raven se quedó allí un segundo, muda, contemplando el paisaje.

Era hermoso, como un pedazo de mundo robado al estrés.

Así que ahí la había llevado Rowan para su luna de miel.

Raven se apoyó en la mesa de la cocina y cerró los ojos por un instante. Todo parecía una maldit@ locura, una de la que no sabía cómo salir. Y lo peor de todo era que podía estar muy enfadada con Rowan por el restregamiento de Cecilia, pero si lo de la noche anterior de verdad había sido un sueño, entonces significaba que hasta su subconciente la traicionaba por él.

—El refrigerador está lleno. Puedes servirte lo que quieras —dijo Rowan detrás de ella y Raven se abrazó el cuerpo antes de mirarlo.

—Odié nuestra boda —murmuró haciendo que él dejara de respirar por un segundo.

—Raven…

—La madurez me importa un cuerno, tengo veintiún años, no estoy obligada a ser madura —espetó ella mirándolo a los ojos—. Soy infantil, soy celosa, voy a hacer berrinche cuando me colmes la paciencia, reacciono mal cuando la gente se quiere pasar de lista conmigo, y te guste o no, ahora estás casado conmigo y me vas a respetar —le advirtió con una firmeza de gladiador romano—. Así que la próxima mujer que se atreva a sentarse sobre tus piernas y no te la quites de encima aunque sea por gracia divina, te juro que a ella la arrastro y a ti te hago una vasectomía con pincitas de manicure. ¿Entendiste?

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