CAPÍTULO 34. Fechas y sospechas
Rowan no pudo evitar sonreír mientras la observaba. Había algo encantador en esa versión de Raven: mandona, suspicaz, feroz… y completamente decidida a descubrirle una mentira que, según él, no existía. Le brillaban los ojos con una mezcla de curiosidad, terquedad y una chispa peligrosa. Y eso lo divertía ¡mucho!
Raven lo dejó con aquella advertencia en el aire y se dio al vuelta para sacar algo del refrigerador —una mezcla aleatoria de frutas, panecillos y queso—, y lo colocó todo con una torpeza encantadora sobre la mesa. No se molestó en ser ordenada, no era su estilo. Luego, preparó un jugo y lo sirvió en dos vasos, sentándose frente a Rowan con la compostura de alguien que planeaba un interrogatorio encubierto.
—¿Tienes hambre? —preguntó con una sonrisita, mientras partía un trozo de pan.
—Un poco —respondió él, sabiendo exactamente hacia dónde iba todo esto. Su voz sonó despreocupada, pero sus ojos no se apartaban de ella.
Raven le puso un pedacito de queso encima y se lo acercó a los labios con la misma expresión que usaría una enfermera alimentando a un paciente... que sospechaba que estaba fingiendo.
—¿Quieres que te haga el avioncito, señor Harrelson? —murmuró con tono de burla, alzando una ceja.
—Eres mala, pero a estas alturas no me quejaría de nada que me hagas —replicó Rowan y aceptó el bocado, divertido, mirándola a los ojos.
Raven, por su parte, se mantuvo en su papel de esposa atenta… aunque en realidad estaba analizando cada uno de sus gestos. Sus ojos recorrían sus hombros, su cuello, sus manos. Estaba convencida de que él se había levantado de esa silla, que había hecho más que besarla la noche anterior, y que estaba jugando con su cordura.
Se removió en su silla de forma casual, o al menos intentó que pareciera casual. Cruzó las piernas, las descruzó, se estiró un poco, luego volvió a cruzarlas, esta vez con lentitud, como si buscara una reacción.
Rowan seguía comiendo con la mayor naturalidad del mundo, pero por dentro, estaba riéndose como un adolescente en plena travesura.
—¿Sabes? —dijo Raven con un cansancio medio real y medio fingido, dándole un sorbo a su jugo—. De verdad me duele todo, y no tengo manera de explicarlo si tú… no hiciste nada.
—Ya te dije que no te hice nada —respondió él, masticando un pedacito de uva como si hablara del clima y no tuviera nada que ocultar.
—Entonces debo tener sueños extremadamente vívidos —replicó ella, entornando los ojos, como si tratara de leerle la mente—. Y, al parecer, dolores psicosomáticos.
Rowan alzó las cejas y ladeó la cabeza.
—Tal vez estás falta de vitaminas —sugirió, apenas disimulando una sonrisa mientras ella le acercaba el jugo.
—No. Lo que estoy es falta de sexo —soltó Raven sin rodeos y un segundo después Rowan escupía su jugo sin poder evitarlo, casi ahogándose.
El sonido del líquido saliendo disparado los dejó a los dos petrificados. Ella pestañeó despacio mientras se limpiaba la cara. Unas gotitas habían alcanzado sus pestañas, y ella se las quitó con elegancia teatral, como si nada le sorprendiera.
—¿También me hiciste eso anoche? —preguntó con su tono más inocente, girando la cabeza ligeramente mientras lo observaba con diversión.
Rowan la miró con ojos entrecerrados, entre escandalizado y maravillado.
—No voy a caer en tu juego, Raven —replicó, negando con la cabeza mientras ella le limpiaba los labios con la servilleta.
—Ya veremos —canturreó la muchacha levantándose con la misma actitud de alguien que acaba de declarar la guerra, y se sacudió las manos, como si acabara de tomar una decisión importante—. Una pregunta. ¿Estamos solos aquí?
Él frunció el ceño, medio riendo, mientras la seguía con la mirada.
Rowan bajó la mirada por un segundo.
—El accidente que me dejó así. Diecinueve de mayo dos años atrás.
Raven parpadeó y algo dentro de ella se tensó en un segundo aunque se empeñó en no demostrarlo. Diecinueve de mayo… ese día no se le olvidaba, era el día en que había conocido a Ulises, el día en que él la había salvado de su propio accidente. El día en que se había enamorad de él.
Hizo un gesto de afirmación leve y se levantó, dándose la vuelta sin decir nada y caminando hacia el fregadero para quedar de espaldas a él. No quería que viera su expresión o lo mucho que esa respuesta la había afectado. Sintió un nudo en el estómago, una punzada de intuición. ¿Era una coincidencia? ¿O había algo más?
—Creo que mejor me baño yo sola —murmuró, sin girarse, con la voz algo más baja.
Y Rowan la observó marcharse, con los ojos entrecerrados, como si adivinara que la conversación no había terminado.
Raven se apresuró a llegar de nuevo a la habitación y se metió en el baño, cerró la puerta con un clic suave y se apoyó contra ella un momento. Respiró hondo y luego sacó su teléfono del bolsillo de la bata y buscó el contacto de Jessica.
“¿Hola?” la voz de su amiga sonó somnolienta, pero alerta.
—Jess, necesito un favor urgente —susurró Raven, sin siquiera molestarse en saludar—. Necesito que consigas el expediente médico de Rowan. Necesito saber exactamente qué día fue su accidente, dónde, cómo, con quién y por qué.
“Claro, claro, haré un trío con el policía del caso y el médico de cabecera, los obligaré a decirme los detalles” bostezó Jessica y Raven asintió como si ella pudiera verla.
—Perfecto, ¡gracias!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: REY DE ESPADAS. La novia forzada