CAPÍTULO 35. Certezas y dominios
Raven salió del baño envuelta en vapor, con el cabello empapado pegado al cuello y la piel aún erizada por el aire frío después de estar en contacto tanto tiempo con el agua caliente. Pero justo cuando estaba echando la toalla al cesto de la ropa sucia para comenzar a vestirse, notó algo que le hizo detenerse en seco: en el cesto estaba el juego de lencería que había usado para su boda, y había un leve rastro de sangre seca en sus bragas.
Frunció el ceño y se quedó un segundo inmóvil, mirando la tela como si esta pudiera darle una explicación por sí sola.
—¡Entonces sí pasó…! —murmuró en voz baja, sintiendo que el estómago le daba un vuelco—. ¡Ese estafador mentiroso…! ¡Sí me sacudió como alfombra en día de limpieza!
La noche anterior no había sido un sueño, ni una fantasía inducida por el alcohol. ¡Había sucedido! ¡Todo!
Pero eso solo podía significar…
—Rowan puede moverse… —dijo, apenas en un susurro, pero la frase flotó en el aire como un secreto peligroso.
Se vistió despacio, con la mente dando vueltas como un carrusel descompuesto. No sabía si sentirse traicionada o fascinada. Si él estaba bien, si podía moverse, ¿por qué fingía?
—¿Por qué finges tú? —murmuró para sí misma—. Porque hay gente que quiere matarte…
Y no dudaba de que con él podía pasar algo parecido.
Cuando salió, Rowan ya la esperaba en la terraza, con las ruedas de su silla brillando al sol. Ella sonrió como si no supiera nada, pero por dentro estaba alerta, con cada sentido en guardia.
—¿Vamos a pasear? —preguntó él, levantando una ceja.
—Claro —respondió Raven con una sonrisa dulce y algo traviesa—. Quiero conocer mejor el lugar. ¿Cómo se te ocurrió traerme a un viñedo?
—Nunca habías visitado uno —respondió él con seguridad—. Además hay mucho espacio para que salgas a gritar cuando te hartes de mí.
—Bien pensado. —Raven le hizo un guiño y luego los dos se perdieron por los caminos entre las uvas.
El sol de media tarde caía tibio sobre los campos, y Raven caminaba delante de él con un vestido suelto que bailaba con la brisa. Rowan la seguía en su silla, con los ojos pegados a su espalda, a la forma despreocupada con la que caminaba descalza sobre la hierba. A veces giraba la cabeza para lanzarle una mirada rápida, como si se asegurara de que aún estuviera allí. Rowan apenas sonreía, pero por dentro estaba muy atento.
—Es hermoso este lugar —dijo ella, deteniéndose cerca de una hilera de uvas aún verdes—. ¿Podríamos vivir aquí para siempre?
—¿Para siempre, eh? —respondió él con tono burlón—. ¿Y la ciudad, y tu trabajo?
—Todo eso es reemplazable. Esto... —abrió los brazos, como abrazando la luz, los viñedos, la paz—. Esto no.
Él asintió, sin añadir nada, y siguieron avanzando hasta llegar a la piscina techada de la propiedad, resguardada por una estructura de madera rústica y vidrio. El agua estaba cálida, tranquila, reflejando el cielo como un espejo líquido a través de los cristales del techo.
—¡Genial! ¡Quiero un chapuzón! —anunció Raven, ya desatándose los tirantes del vestido sin esperar respuesta.
—¡Maldición, Rowan…! —susurró, pero él abrió los ojos con calma, respirando como si nada.
Ella entrecerró los suyos.
“¡Qué buen actor eres!” pensó.
—No deberías hacerme estas cosas —le dijo Rowan con un tono que era inocencia y desafío al mismo tiempo.
Y Raven escaló, colocándose a horcajadas sobre él en el banco, mojada de pies a cabeza.
—Tú empezaste —respondió con una sonrisa muy disimulada mientras le tomaba las manos y envolvía su cintura con ellas—. A finde cuentas, ya que nos faltó la noche de bodas —susurró, rozando sus labios con los suyos—… podemos tener una tarde de bodas.
Rowan la miró con una mezcla de deseo y resignación. Su cuerpo gritaba por responder, pero su mente estaba a punto de explotar. Ella era demasiado… demasiado todo. ¡Y él no podía moverse sin delatarse!
—¿Quieres descubrir si puedo hacerlo? —preguntó él, con voz grave, ronca, contenida.
—No necesito descubrir nada —le contestó Raven, acariciándolo por debajo del agua con una lentitud que lo hizo contener el aliento—. Sé que puedes…
Y aquella sonrisa velada en sus labios solo decía: “Lo que quiero saber es cuánto aguantarás sin ser quien domine esto”.

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