Entrar Via

REY DE ESPADAS. La novia forzada romance Capítulo 36

CAPÍTULO 36. Verdades y "dóndes"

Raven lo acariciaba como si acabara de recordar que aquella era su luna de miel y no un paseo por la campiña. Le plantó un beso sin pedir permiso, de esos que hacen olvidar el nombre, la hora y el clima. Y Rowan se quedó inmóvil porque su voluntad era más fuerte, aunque por dentro se estaba peleando con todas sus neuronas para no responder como su cuerpo le pedía a gritos.

Raven se acomodó con una picardía evidente, y se movió sobre él como si no supiera lo que provocaba. Lo sintió en un solo segundo, la forma en que su erección despertaba y se endurecía contra su sexo, la forma suave en que latía mientras sus respiraciones se iban desordenando.

Cada tensión en los músculos de Rowan era un aviso, estaba loco por tomar el control, pero al parecer su voluntad de mantener su secreto también era fuerte, así que Raven jugó todo lo que quería, hasta llevarlo al límite, y luego, como si nada, se apartó y nadó hacia el otro extremo de la piscina con una carcajada. El agua salpicó tras ella, y Rowan, empapado y fascinado, no pudo evitar levantar la voz:

—¡Eso es maltrato matrimonial, señora Harrelson! —gritó, fingiendo indignación, con esa mezcla de exasperación divertida y deseo que le tensaba el cuerpo.

Desde el borde, Raven se giró con una sonrisa traviesa. Sus ojos brillaban con ese fuego juguetón que tanto le gustaba, ese que decía “te tengo exactamente donde quiero”.

—Y apenas estamos empezando —le respondió, nadando de vuelta hacia él, moviéndose con la seguridad de alguien que sabía que estaba ganando una partida invisible.

Cuando volvió a su lado, sus dedos lo tocaron con esa mezcla de ternura y provocación que lo estaba llevando al límite. Sus caricias eran lentas, medidas, como si lo estuviera estudiando, saboreando cada reacción. Rowan cerró los ojos, tratando de contenerse. Tenía el ceño fruncido, la mandíbula apretada, y ese suspiro que le salió del pecho lo delató por completo. Ni siquiera tenía la mano metida en su bóxer, solo le estaba tocando los cuadritos y aún así él estaba a punto del colapso.

Raven se deleitaba viendo el efecto que tenía sobre él. Le encantaba esa mezcla de poder y cariño, como si en su juego también hubiera un poco de revancha por las dudas que aún la asaltaban.

—Muy bien, esposo… —susurró en su oído con un gemido que a él le erizó hasta los buenos pensamientos… No, que de esos no tenía ¡los malísimos pensamientos!—. Tengo una pregunta práctica: ¿cómo demonios te saco de aquí sin una grúa? —preguntó mientras pasaba una mano por su propio cabello empapado, con una sonrisa que era pura ironía.

Rowan sonrió sin abrir los ojos.

—La silla puede entrar al agua hasta la altura del asiento, y la piscina tiene una rampa muy poco inclinada. Solo tienes que llevarme hasta ahí por el agua y sentarme.

—¿Fácil como una receta de cocina?

—Más o menos —dijo él, sin dejar de observar cómo ella se movía con seguridad por el borde de la piscina—. Solo queda ver si de verdad puedes con un hombre de mi tamaño y cuánto te me voy a restregar.

Raven lo miró como si fuera a asfixiarlo con sus propias manitas y luego metió la silla en el agua con cuidado. Luego volvió por Rowan y, con sus brazos rodeándolo, lo llevó despacio hacia el borde. Lo estaba abrazando como a un oso y sentía su piel cálida contra la suya, y el leve temblor de sus músculos al contenerse. Ya cerca de la silla, sus cuerpos se pegaron aún más.

—¿Estás disfrutando esto? —le susurró ella, con una ceja arqueada, sintiendo cómo su aliento le rozaba la oreja.

—Mucho —respondió él, sin perder la calma, aunque sus ojos lo delataban. Había en su mirada una mezcla de deseo y resignación, como si se rindiera con gusto ante ella.

Una vez que ya lo tuvo sentadito y acomodado, lo sacó del agua y lo llevó hasta la terraza. El sol estaba ya en descenso, pintando los viñedos con tonos anaranjados y dorados. Las vides se extendían hasta el horizonte como un océano verde. Una brisa suave les revolvía el cabello y en el aire flotaba el aroma de tierra húmeda y hojas frescas.

Raven fue por dos copas de vino y una botella, y se sentó a su lado, con las piernas cruzadas y una expresión curiosa. El aire tenía esa calma típica de los lugares apartados del mundo, como si el tiempo se hubiera detenido solo para ellos.

—Si pudieras pedir un deseo, lo que fuera… ¿qué pedirías?

Rowan giró un poco la cabeza hacia ella, pensativo. Su mirada se perdió un momento entre los campos, como si estuviera buscando una respuesta entre las hojas que danzaban al viento, pero no tardó mucho en responder.

Con cuidado, lo ayudó a pasar a la cama. El contacto entre ellos era suave pero lleno de tensión contenida. Luego se metió ella misma al otro lado, quedándose boca arriba, con las manos sobre el abdomen, mirando el techo.

Cada uno respiraba en su lado, tenso, hasta que por fin Rowan despegó los labios.

—Raven… este… no puedo dormir con toda esta ropa.

—¡Demonios! ¡Creí que nunca me lo ibas a pedir! —se levantó ella emocionada y él se aguantño la carcajada.

—¡Solo te pedí que me desvistas, nada más! —le replicó.

—¡Si es que no hace falta que lo pidas, para lo demás me brindo sola! ¿Te gustaría que te bese? —preguntó Raven como si lanzara la pregunta al techo mientras atacaba los botones de su camisa.

Rowan parpadeó y le hizo un puchero.

—¿Qué clase de pregunta es esa? Eres mi esposa. ¡Claro que me gustaría que me besaras…!

Ella giró lentamente el rostro hacia él y sonrió con picardía. Sus ojos brillaban con una mezcla de intención y travesura, y sus labios se curvaron lentamente, como si ya supiera la respuesta.

—OK, pero todavía no te he dicho dónde.

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: REY DE ESPADAS. La novia forzada