CAPÍTULO 37. Placer y chismes colaterales
¿Dónde?
Esa sola palabra hizo que Rowan hasta dejara de respirar. Las manos de Raven avanzaban por su cuerpo sin pedir permiso, y cuando su boca descendió sobre la suya, sintió su lengua explorando cada rincón con un hambre que solo era un reflejo de lo que él mismo sentía.
Tenía la cabeza sobre la almohada y los pensamientos disparados. Sentir sus manos quitándola la ropa era una cosa, pero sentir su boca bajando a lo largo de su pecho, por su amboden, mordiendo y besando… eso era más de lo que se le podía pedir a su cordura.
Pero la verdad era que Raven ya no pensaba, solo sentía. La parte de ella que quería desenmascararlo estaba medio perdida debajo de la otra parte, la lujuriosa que todavía recordaba cómo era la sensación en su piel de ser besada y acariciada por él. En ese momento, lo único que quería era verlo perder el control… en especial si insistía en no moverse.
—Raven…. Raven espera… ¿qué…?
—No soy nada experta en esto, si te muerdo te aguantas —le susurró ella bajándole el boxer con un gesto suave y para ese momento se podía decir que Rowan Harrelson estaba petrificado totalmente, ¡Y en serio!
Lo miró con una curiosidad imposible de evitar mientras se mordía el labio inferior. Era grande, sí, y más que eso: duro como el acero, con la piel tan suave y a la vez tan tensa que parecía a punto de reventar. Era grueso, vibrante, una contradicción viviente entre fuerza y fragilidad. No podía rodearlo del todo con los dedos y si cerraba los ojos podía recordar centímetro de la primera vez entrando…
“Condenado, te voy a hacer pagar por eso”, sonrió internamente mientras su boca bajaba sobre aquella erección y sentía el jadeo desesperado salir del pecho de Rowan.
—Me vas a matar —murmuró él con esa voz grave que parecía arrastrarse por su garganta, y Raven sintió que se le aceleraba el pulso—. Está bien… muy bien…
Levantó los ojos por un segundo y la vio mirándola.
—Baja la barbilla… más… más… ¡eso es!
Raven sintió la punta de su miembro rozando su garganta y las lágrimas se le acumularon al borde de los ojos, pero no se iba a detener solo por eso.
No entendía por qué la afectaba tanto que él le hablara así, sobre todo cuando ni siquiera podía moverse. Pero la respuesta estaba ahí, en la tensión de cada músculo mientras la bestia entraba y salía de su boca. Él era demasiado. Podía ahogarse y ni de cerca había logrado devorarlo todo.
Rowan solo la observaba desde la almohada, con la mandíbula apretada, y los músculos del cuello y del abdomen marcados. No decía nada, pero lo decía todo con esa forma de mirarla, como si fuera su regalo, como si la adorara y la deseara a la vez.
Ella intentó una vez más, más fuerte, sin prisa, deslizando la lengua a lo largo de su miembro antes de atacarlo como si fuera el enemigo. Se acomodó, tragó aire, dejó que se deslizara un poco más, provocando un espasmo involuntario que la hizo apretar las manos contra el colchón. Rowan cerró los ojos y soltó un suspiro que casi sonó a ruego.
Cada palabra suya parecía terriblemente sincera, pero a la vez era obvio que guardaba un secreto, uno grande, de esos inconfesables, y Raven ya estaba segura de que todo tenía que ver con ella.
Se encerró en el baño y sacó su teléfono, llamando a Jessica que no tardó en responderle.
“¿A esta hora de la noche me despiertas?” —rozongó su amiga.
—¿Ya tienes algo? —preguntó Raven después de enviarle un beso de disculpa.
“Tengo, pero necesito enseñártelo, no te lo puedo decir por teléfono, es… demasiado delicado”, murmuró Jess y Raven contuvo el aliento.
—Por Dios, no me digas que voy a acabar odiando a mi marido a menos de cuarenta y ocho horas de casarme —susurró con desesperación y del otro lado se escuchó un largo silbido.
“Cariño, con la información que tengo aquí, posiblemente le parirás diez hijos y lo encadenarás a tu cama para el resto de tu vida” se carcajeó Jess. “¡Ay no, joder, que no se mueve… qué vergüenza! ¡Bueno, tú me entendiste!”
—Te entendí —sonrió raven—. Pero solo como chisme colateral: lo que se tiene que mover… ¡sí se mueve!

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